En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que podía aun abrigar acerca de la demencia de mi amigo. No tenía otra alternativa sino pensar que había sido atacado de locura, y llegué a sentirme verdaderamente ansioso pensando en el modo de hacerlo regresar a la casa. En tanto que reflexionaba sobre lo que sería más conveniente intentar, la voz de Júpiter dejóse escuchar de nuevo.
—Mucho critianos se asutarían de andar po eta rama. Etá seca casi todita.
—¿Dices que es una rama seca, Júpiter?—interrogó Legrand con voz trémula.
—Sí, patrón; etá seca como tranca e puerta. Como que lo etoy viendo... ¡tá muerta!
—¿Qué haré, en nombre del cielo?—exclamó Legrand, que parecía entregado a gran desesperación.
—¡Haced esto!—insinué yo, satisfecho de encontrar la oportunidad de colocar una palabra.—¡Vaya! ¡Venir a casa y acostaros! Vamos inmediatamente, si sois buen chico. Se hace tarde, y además debéis recordar vuestra promesa.
—¡Júpiter!—gritó él, sin atenderme en lo más mínimo.—¿Me oyes?
—Sí, patrón; l'oigo mu bien.
—Entonces, prueba la madera con tu cuchillo y fíjate bien si la rama está muy seca.
—Podrida, patrón, seguro,—contestó el negro después de un momento; pero no tan podrida. Quién sabe si pudiera 'vansá má ayá etando solo. ¡Así sí, digo!