Al llegar a este punto de mis reflexiones, traté de recordar y recordé en efecto, con entera lucidez, todos los incidentes que ocurrieron en aquel período de tiempo. La temperatura estaba fría ¡oh, circunstancia rara y feliz! y el fuego ardía en la chimenea. Yo me sentía acalorado con el ejercicio y me senté cerca de la mesa; pero vos habíais arrastrado una silla al lado de la chimenea. En el preciso instante en que yo os había dado el pergamino y os encontrabais vos a punto de inspeccionarlo, entró Wolf, el terranova, y se lanzó sobre vuestros hombros. Mientras le acariciabais con la mano izquierda tratando de alejarlo, vuestra mano derecha que sostenía el pergamino caía descuidadamente entre vuestras rodillas y quedaba muy próxima al fuego. Por un momento creí que la llama le hubiera alcanzado y estaba a punto de preveniros; pero antes de que yo hablara habíais recogido la hoja y os dedicabais a examinarla. Cuando hube considerado todos estos detalles, no tuve la menor duda de que el calor había sido el agente que trajo a luz la calavera que figuraba en el pergamino. Sabéis bien que existen y han existido desde tiempo inmemorial ciertas preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre papel o vitela en forma de que los caracteres se hagan visibles solamente cuando se les somete a la acción del fuego. El zafre, hervido a fuego lento en aqua regia y diluído en una cantidad de agua que represente su peso cuatro veces, se emplea a veces con este objeto: resulta una tinta verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, produce tinta roja. Estos colores desaparecen en tiempo más o menos largo cuando se enfría el material con que se ha escrito; pero se hacen visibles nuevamente por la aplicación del calor.
Procedí luego al minucioso escrutinio de la calavera. Las líneas exteriores, es decir, las extremidades del dibujo que quedaban más próximas al borde de la vitela, aparecían mucho más precisas que las otras. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o desigual. Inmediatamente encendí fuego y sometí todo el pergamino a un vivo calor. Al principio, el único efecto obtenido fué que se reforzaran las líneas débiles de la calavera; pero, insistiendo en el experimento, hízose visible en la esquina de la hoja, diagonalmente opuesta al sitio en que aparecía delineada la calavera, una figura que de pronto imaginé que representaba una cabra. Examen más detallado me convenció, sin embargo, de que se había tratado de dibujar un cabrito.
—¡Ja! ¡ja! ¡ja!—exclamé yo,—seguramente que no tengo derecho de reírme de vos: un millón y medio de dólares es asunto demasiado serio para provocar esta clase de regocijo; pero no pretenderéis con esto establecer el tercer eslabón de vuestra cadena; no encontraréis, supongo, conexión especial entre vuestros piratas y una cabra. Los piratas, como sabéis, nada tienen que hacer con cabras; estos animales pertenecen a los intereses agrícolas.
—Pero acabo de decir precisamente que la figura no representaba una cabra.
—Bien, un cabrito entonces; más o menos la misma cosa.
—Más o menos, pero no exactamente,—repuso Legrand.—Quizá habréis oído hablar de cierto capitán Kidd.[2] En el acto consideré la figura del animal como una especie de retruécano o firma en jeroglífico; y digo firma, porque su posición en la vitela sugería esta idea. La calavera, colocada en el extremo diagonalmente opuesto, afectaba asimismo el aire de un sello o emblema. Pero me encontré tristemente desorientado por la ausencia de algo más, del cuerpo de mi supuesto documento, del texto que debía contener.
—Presumo que esperabais hallar una epístola entre el sello y la firma....
—Algo de eso. El hecho es que, sin poder explicarme la razón, sentí el presentimiento irresistible de una gran fortuna en perspectiva. Quizá si era más bien el deseo que la certidumbre; pero ¿querréis creer que las necias palabras de Júpiter de que el insecto era de oro macizo tuvieron gran efecto sobre mi imaginación? Y luego, aquella serie de incidentes y coincidencias, ¡era todo tan extraordinario! ¿No os llama la atención lo extraño de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar en el único día de todo el año que estuvo suficientemente frío para que se necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la intervención del perro en el momento preciso en que apareció, jamás habría yo visto la calavera ni habría sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?
—Pero proseguid; estoy impaciente.
—Bien; habéis oído, por supuesto, los mil vagos rumores acerca de tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte de la costa del Atlántico. Aquellos rumores debían tener alguna base, en realidad. Y el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo podía explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el tesoro estuviera todavía sin descubrir. Si Kidd hubiera ocultado su botín por cierto tiempo, recuperándolo más tarde, los rumores nunca habrían llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma. Observaréis que todas las historias se refieren a buscadores de tesoros y nunca a quienes los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro, el asunto se habría agotado. Parecíame que cualquier incidente, la pérdida del memorándum que indicaba su situación, por ejemplo, podía haberle privado de los medios de recobrarlo, y que este accidente hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra manera jamás habrían sabido nada de tal tesoro oculto; y cuyas inútiles tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y convertido en moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal. ¿Habéis oído hablar alguna vez de que se haya descubierto algún tesoro importante en estas costas?