—Todo esto está admirablemente claro,—dije,—y aun cuando muy ingenioso, es sencillo y explícito. ¿Qué hicisteis luego de haber dejado el "Hotel del Obispo?"

—Bien; anoté cuidadosamente los detalles del árbol y regresé a la casa. Apenas abandoné el "asiento del diablo," desvanecióse la abertura circular, y no pude volver a encontrarla por más que me volviera en uno u otro sentido. Lo que representa para mí el ingenio mayor en todo este asunto es el hecho, del cual he llegado a convencerme por repetidos ensayos, de que el espacio abierto circular en cuestión no es visible de ningún otro punto sino de aquel que procura el estrecho borde sobre el frente de la roca.

En esta expedición al "Hotel del Obispo" estuve acompañado de Júpiter quien había observado indudablemente la abstracción de mis maneras en las últimas semanas y tenía gran cuidado de no dejarme solo. Pero al día siguiente logré escapar a su vigilancia levantándome muy temprano y me largué a las colinas en busca del árbol. Después de mucho trabajo logré encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se proponía administrarme una corrección. El resto de la aventura lo conocéis tan bien como yo.

—Imagino,—dije,—que en la primera tentativa de excavación errasteis el sitio por la estupidez de Júpiter de hacer caer el insecto por el ojo derecho de la calavera en vez del izquierdo.

—Precisamente. Este error nos daba una diferencia de dos pulgadas y media en el sitio del tiro, es decir, en la posición de la estaca que quedaba cerca del árbol. Si el tesoro hubiera estado enterrado bajo el tiro, la diferencia habría sido de poca monta, pero aquel punto y el punto más cercano del árbol servían sólo para establecer una línea de dirección; de consiguiente, el error, aunque insignificante al principio, aumentaba conforme avanzaba la línea, de manera que al llegar a los cincuenta pies estábamos completamente fuera de la pista. De no haber tenido mis convicciones bien sentadas de que existía un tesoro enterrado por cualquier parte en los alrededores, toda nuestra labor habría sido en vano.

—¡Pero vuestra grandilocuencia y vuestras maneras haciendo revolotear el insecto eran tan extraordinarias! Yo estaba seguro de que habíais perdido el juicio. Y luego ¿por qué insistir en que Júpiter dejara caer el escarabajo en vez de una bala por el ojo de la calavera?

—¡Ah! Vamos, si he de hablar con franqueza; sentíame algo molesto por vuestras evidentes sospechas respecto al estado de mi razón, y resolví castigaros suavemente, a mi manera, tratando de embrollaros y desconcertaros un poquillo. Por esto hacía revolotear al escarabajo y ordené a Júpiter que lo arrojara desde el árbol. Una observación vuestra acerca de su gran peso me sugirió esta última idea.

—Sí, comprendo; y ahora sólo resta un punto por dilucidar. ¿Qué hemos de creer con respecto de los esqueletos hallados en la excavación?

—En esta materia no estoy más adelantado que vos mismo. La única forma plausible de explicación, aun cuando sea horrible pensar en atrocidad semejante, es que Kidd (dado que fuera él quien ocultó este tesoro, lo que para mí está fuera de duda) debió tener alguien que lo ayudara en esta empresa. Pero, concluída la labor, juzgó quizá conveniente eliminar a todos los testigos del secreto. Probablemente bastaron dos golpes de azadón mientras sus coadjutores estaban ocupados en el fondo del agujero; quizá si necesitó una docena, ¿quién podría asegurarlo?