Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud et Fils, rue de Loraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunas propiedades. Había abierto cuenta en su casa de banca en la primavera del año... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos de pequeñas sumas. No había girado hasta tres días antes de su muerte, que retiró personalmente cuatro mil francos. Esta suma se pagó en oro, y un empleado la trajo hasta la casa.
Adolphe Le Bon, empleado de Mignaud et Fils, declara que el día en cuestión, a eso de las doce, acompañó a su residencia a Madame L'Espanaye llevando los cuatro mil francos en dos talegos. Cuando se abrió la puerta, apareció Mademoiselle L., y le recibió uno de los saquillos mientras la anciana tomaba a su cargo el otro. Entonces él se inclinó y partió. No vió a nadie en la calle en ese momento. Es una calle atravesada, muy solitaria.
Wílliam Bird, sastre, declara que era uno de la partida que penetró en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fué uno de los primeros que subió la escalera. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era de francés. Pudo distinguir varias palabras, pero no las recuerda todas. Percibió claramente "sacré" y "mon Dieu!" Hubo en aquel momento un ruido como de lucha entre varias personas, un ruido como de raspar y empujar. La voz chillona era muy fuerte, más fuerte que la gruesa. Seguramente no era voz de ningún inglés. Parecía ser de alemán. Quizá sí era voz de mujer. No entiende el alemán.
Habiéndose llamado por segunda vez a testificar a cuatro de aquellas personas, declararon que la puerta del aposento donde se encontró el cuerpo de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando llegó la partida. Todo estaba perfectamente silencioso; no había lamentos ni ruidos de ninguna clase. Cuando se forzó la puerta, no se vió a nadie. Las ventanas de ambos cuartos, el del fondo y el del frente, estaban cerradas y aseguradas fuertemente por dentro. Una puerta entre las dos habitaciones estaba también cerrada, pero sin llave. La puerta que conducía del aposento del frente al pasadizo estaba cerrada, con la llave por el lado de adentro. Una pieza pequeña en el frente de la casa, en el cuarto piso, al principio del pasadizo, tenía la puerta entreabierta. Esta habitación estaba llena de lechos viejos, cajas y trastos por el estilo. Todo se removió y examinó cuidadosamente. No quedó una pulgada de terreno en la casa que no se escudriñara con la mayor minuciosidad. Las chimeneas se barrieron de arriba abajo con escobas. El edificio constaba de cuatro pisos y el desván. Una puerta corrediza en el techo estaba sólidamente enclavada y no parecía haberse abierto por varios años. El tiempo transcurrido entre el momento en que se oyeron las voces en disputa y el de la ruptura de la puerta del cuarto se fijaba diversamente por los testigos. Unos lo estimaban en tres minutos, mientras otros lo hacían llegar hasta cinco. La puerta se abrió con dificultad.
Alfonso Carcio, enterrador, declara que reside en la rue Morgue. Es español. Fué uno de la compañía que penetró en la casa. No subió las escaleras. Es nervioso y temía las consecuencias de una emoción. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era de francés. No pudo distinguir lo que decía. La voz chillona pertenecía a un inglés, está seguro de ello. No conoce el inglés, pero juzga por el acento.
Alberto Montani, confitero, declara que se encontró entre los primeros que subieron la escalera. Oyó las voces en cuestión. La voz gruesa era de un francés. Comprendió varias palabras. El que hablaba parecía amonestar. No pudo entender ninguna palabra de la voz chillona. Hablaba de manera rápida y desigual. Cree que es la voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Jamás ha conversado con ningún natural de Rusia.
Varios testigos certificaron en su segunda declaración que las chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran demasiado estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por "escobas" querían significar escobillones cilíndricos como los que usan los deshollinadores. Estos escobillones se habían pasado de arriba abajo en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en la parte de atrás por donde pudiera haber escapado el asesino mientras la gente subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan sólidamente embutido en la chimenea que apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o cinco personas.
Paul Dumas, médico, declara que fué llamado al amanecer para examinar los cuerpos. Ambos yacían sobre el cañamazo del lecho en el aposento donde fué encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la joven tenía muchas magulladuras y excoriaciones. La circunstancia de haber sido embutido en la chimenea bastaría para explicar estas manifestaciones. La garganta estaba horriblemente lacerada. Aparecían huellas profundas de uñas precisamente debajo de la barba, y una serie de placas lívidas producidas a no dudarlo por la impresión de los dedos. El rostro estaba terriblemente amoratado y los ojos salientes de sus órbitas. La lengua veíase mordida en su mayor parte. Descubrióse una gran contusión en la cavidad del estómago, debida aparentemente a la presión de una rodilla. Según la opinión de M. Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido estrangulada por una o varias personas desconocidas. El cadáver de la madre aparecía horriblemente mutilado. Los huesos de la pierna y el brazo derecho estaban cual más cual menos destrozados. La tibia izquierda hecha astillas, lo mismo que las costillas del lado izquierdo. Todo el cuerpo estaba espantosamente magullado y amoratado. No era posible explicarse cómo se habían infligido aquellas lesiones. Quizás alguna pesada clava de madera o una barra de hierro, una silla, cualquier arma pesada y obtusa, podría producir tales resultados, manejada por un hombre en extremo vigoroso. Ninguna mujer podía haber causado estas heridas con ninguna clase de arma. La cabeza de la víctima estaba enteramente separada del tronco cuando la vió el testigo, y mostraba asimismo grandes magulladuras. La garganta había sido cortada evidentemente con algún instrumento muy afilado, una navaja con toda probabilidad.
Alexandre Étienne, cirujano, fué llamado a la vez que M. Dumas para examinar los cuerpos. Corrobora el testimonio y la opinión del primero.
Nada nuevo se produjo de importancia, aunque varias otros personas fueron interrogadas. Jamás se había cometido en París asesinato tan misterioso, si de asesinato se trata, en verdad, en este caso. La policía está completamente desorientada, lo cual es muy raro en asuntos de esta naturaleza. No existe, sin embargo, la menor huella.