Volviendo a su casa después de una fiesta de marineros, en la noche, o más bien en la mañana del crimen, encontró al animal instalado en su propio dormitorio, en donde se había introducido forzando la puerta de un pequeño gabinete contiguo en el cual pensaba su amo tenerle seguramente confinado. Navaja abierta en mano, se hallaba sentado frente al espejo ensayando la operación de afeitarse en que probablemente sorprendió alguna vez a su dueño, mirando por el agujero de la llave. Aterrorizado al ver arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y tan apto para manejarla, el hombre quedó sin saber que hacer durante los primeros momentos. Acostumbraba, sin embargo, dominar al orangután con ayuda de un látigo, y a este medio recurrió en aquella circunstancia. Apenas el animal le divisó lanzóse a la puerta del aposento, luego a las escaleras, y por una ventana, desgraciadamente abierta, se arrojó a la calle.

El francés le siguió lleno de desesperación. El orangután, todavía con la navaja abierta en la mano, deteníase de vez en cuando para mirar hacia atrás y gesticular a su perseguidor hasta que éste llegaba casi a alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continuó la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas y en silencio profundo, pues eran cerca de las tres de la mañana. Atravesando una callejuela a espaldas de la rue Morgue, llamó la atención del fugitivo una luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame L'Espanaye, en el cuarto piso del edificio. Abalanzándose hacia la casa, advirtió el pararrayos, lo escaló con agilidad inconcebible, se asió de la persiana que caía completamente sobre el muro, y por este medio lanzóse directamente a la cabecera de la cuja. Todo esto no había ocupado el espacio de un minuto. El orangután empujó otra vez la persiana dejándola abierta cuando se introdujo en la habitación.

El marinero quedó a la vez regocijado y perplejo. Tenía ahora la esperanza de capturar a la fiera, que difícilmente podría escapar de la trampa en que se había metido a no ser por el poste que encontraría interceptado a la salida. De otro lado, había muchos motivos de ansiedad al pensar en lo que podría hacer dentro de la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es difícil de escalar, especialmente para un marinero; pero cuando llegó a la altura de la ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda, vióse obligado a detenerse; lo más que pudo hacer fué alzarse un poco para echar una ojeada al interior de la habitación. Al mirar, casi perdió su punto de apoyo a impulsos de su excesivo horror. Entonces fueron aquellos horribles alaridos que despertaron a todos los habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de dormir, estaban aparentemente arreglando algunos papeles en la caja de hierro de que antes se ha hecho mención, y que habían rodado hasta el medio del aposento. Estaba abierta, y su contenido yacía a un lado en el suelo. Las víctimas estaban sentadas de espaldas a la ventana; y por el tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera y los alaridos, se comprende que no notaron su presencia en el primer momento. El golpe de la persiana pudo atribuirse al viento, naturalmente.

Cuando el marinero alcanzó a mirar adentro, el gigantesco animal había cogido a Madame L'Espanaye por el cabello, que llevaba suelto como si hubiera estado peinándose, y blandía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía privada de movimiento: se había desmayado. Los gritos y la lucha de la anciana, durante la cual le fueron arrancados los cabellos, convirtieron en ira los hasta entonces pacíficos propósitos del orangután. Con deliberado empuje de su brazo musculoso separó casi completamente la cabeza del tronco. La vista de la sangre enardeció su ira convirtiéndola en frenesí. Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, lanzóse sobre el cuerpo de la joven e incrustó sus temibles garras en la garganta de Mademoiselle L'Espanaye reteniendo su aliento hasta que expiró. Sus miradas furtivas y salvajes fijáronse entonces en la cabecera del lecho sobre la cual pudo distinguir el rostro de su amo, rígido por el horror. La furia de la fiera, que no dudaba que su amo llevaba aún el temible látigo, se convirtió instantáneamente en pavor. Consciente de merecer castigo, parecía deseosa de ocultar sus sangrientas hazañas y se removía en torno del aposento en agonía nerviosa de agitación, echando abajo los muebles y destrozándolos en su ir y venir, y arrancando y tirando al suelo los cobertores y colchones del lecho. Por último, se apoderó primero del cuerpo de la hija y lo embutió en la chimenea en la forma en que fué encontrado; y luego, del de la vieja señora arrojándolo inmediatamente por la ventana.

Al aproximarse el orangután con su mutilada carga, el marinero se lanzó despavorido al pararrayos, y precipitándose más que deslizándose hasta el suelo se apresuró a regresar a su domicilio, temiendo las consecuencias de aquella carnicería, y prescindiendo con satisfacción, en medio de su terror, de toda preocupación por la suerte del animal. Las palabras oídas por el grupo que subía las escaleras eran las exclamaciones de horror y espanto del francés, mezcladas a los alaridos demoníacos de la fiera.

Queda muy poco que añadir. El orangután escapó probablemente por el pararrayos momentos antes del forzamiento de la puerta. Debe haber cerrado la ventana al salir. Fué capturado después por su mismo dueño, que obtuvo por él una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fué puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos en el despacho del prefecto de policía, acompañados de algunos comentarios de Dupín. El funcionario de policía, a pesar de sus buenas disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro que había tomado este asunto; y aun se dejó arrastrar a una o dos frasecillas sarcásticas respecto de la conveniencia de que cada cual se preocupe de aquello que le importe.

—Dejadle hablar,—dijo Dupín, que no juzgó necesario replicar.—Dejadle hacer frases: esto aligerará su conciencia. Estoy satisfecho de haberle derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la solución de este misterio no es tan sorprendente como él se imagina; porque en verdad nuestro amigo el prefecto es más astuto que profundo. No hay cuerpo en su sabiduría. Es como si fuera todo cabeza y nada de miembros, como los retratos de la diosa Laverna; o a lo más, todo cabeza y busto como el bacalao. Pero es una buena persona, después de todo. Le admiro especialmente por sus golpes maestros de inversión, a lo que debe su reputación de habilidad. Me refiero al método que practica "de nier ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas."