——

Querida niña, ¿no tienes miedo? ¿Por qué,
y con qué sueñas? Has venido, ciertamente, de
mares muy lejanos; ¿no eres una maravilla para
los árboles de ese jardín? Extraña es tu palidez,
extraño tu vestido, extraña sobre todo, la
longitud de tus cabellos, y todo este silencio
solemne.

——

¡Ella duerme! ¡Oh! puede que su sueño sea
tan profundo como durable!; ¡que el cielo la
tenga en su santa guardia! ¡Que esta cámara
sea transformada en una más melancólica y yo
rogaré a Dios que la deje dormir para siempre,
los ojos cerrados, mientras que a su alrededor
errarán los fantasmas de oscuros velos!

——

Mi amor: ¡ella duerme! ¡Que su sueño eterno
pueda ser profundo! ¡Que los gusanos se deslicen
dulcemente a su alrededor! ¡Que en el fondo
del bosque viejo y sombrío, alguna gran
tumba pueda abrirse para ella, alguna gran
tumba que haya cerrado otras veces como alas
sus negros «panneaux» triunfantes, por encima
de los estandartes funerarios bordados con
las armas de su ilustre familia;—alguna tumba
lejana y aislada contra la portada de la cual
ella haya en su infancia lanzado tantas piedras
ociosas;—algún sepulcro cuya puerta sonora
no le devuelva jamás nuevos ecos, a ella, pobre
hija del pecado, que en otro tiempo se estremecía
al pensamiento de que fueran los muertos
quienes le respondiesen gimiendo!

1845.

BALADA NUPCIAL

——

El anillo está en mi dedo y la corona sobre
mi frente; he aquí que poseo rasos y joyas en
abundancia, y en el presente instante soy feliz.