—¡He aquí su sentencia de muerte!
En el mes de enero el último pulmón fue afectado; el sacrificio se consumaba. El doctor casi se preocupaba ya más de la duquesa que de la enferma. Su última esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente y que la madre se salvase.
Hizo su visita a Germana, le tomó el pulso por pura fórmula, le ofreció una caja de bombones, la besó fraternalmente en la frente y pasó a la habitación del señor de La Tour de Embleuse.
El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadie le hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres años.
—Y bien, elegante doctor—dijo con su risa sonora—, ¿qué año nuevo nos trae usted? ¿La Fortuna, al fin, querrá venir a verme? ¡Ah! ¡bribona, si vuelvo a pillarte! Usted es testigo, doctor, de que la espero en la cama.
—Señor duque—respondió el doctor—, puesto que estamos solos, podemos hablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de su hija.
El duque hizo una pequeña mueca sentimental y dijo:
—Verdaderamente, doctor, ¿es que no se puede ya esperar nada? Yo creo, falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.
Le Bris movió tristemente la cabeza.
—Todo lo más que yo puedo hacer—respondió—, es evitarle sufrimientos en sus últimos días.