«Este es mi testamento y el acta de mis últimas voluntades.
»En la víspera de dejar voluntariamente una vida que el abandono del señor conde de Villanera me ha hecho odiosa...»
—¡Desgraciada!—dijo el doctor interrumpiendo la lectura.
—Es la verdad pura.
—Borre esa frase. Está mal escrita.
—Las mujeres no escriben bien más que las cartas. No tienen la especialidad de los testamentos.
—Entonces, continúo:
«Yo, Honorina Lavenaze, viuda de Chermidy, sana de cuerpo y de espíritu, lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Gómez, marqués de los Montes de Hierro, hijo único del conde de Villanera. (Firmado.)»
—Y mañana por la mañana quedará rubricado. ¡Vaya usted!
—Me parece que no.