—¡Poca suerte!—respondió él con un gran suspiro.
—Estamos solos—continuó le Tas—, nadie puede oírnos; no tenemos tiempo que perder. ¿Estás contento de que haya curado tu señora?
—Ciertamente, señorita. No obstante, su ama me había prometido otra cosa.
—¿Qué es lo que te había prometido?
—Que la señora moriría bien pronto y que yo tendría 1.200 francos de renta.
—Y tú hubieras preferido eso, ¿verdad?
—¡Claro! Así hubiera sido propietario, mientras que ahora tendré que vivir siempre en casa de los otros.
—¿Y no se te ha ocurrido nunca hacer por tu cuenta lo que la enfermedad no había hecho?
Mantoux la miró fijamente con una turbación visible. No sabía si se trataba de un juez o de un cómplice. Ella le sacó de su embarazo añadiendo:
—Yo te conozco; te había visto en Tolón. Cuando fui a visitarte a Corbeil, ya conocía tu historia.