Una obscuridad profunda envolvía la casa. El único balcón en que se veía luz era el de la señora Chermidy, que estaba en el piso bajo: Mantoux comprendió que le esperaban. Sacó un manojo de llaves falsas que había envuelto en un trapo para que no hiciesen ruido, pero no tuvo tiempo de emplearlas. La señora Chermidy le abrió la puerta.
—Habla en voz baja—dijo—. Le Tas acaba de dormirse.
Los dos cómplices entraron en la habitación, y lo primero que hirió la vista de Mantoux fue el puñal de que le había hablado el duque.
—¡Y bien!—exclamó la viuda—; ¿el señor de Villanera se ha acostado?
—Sí, señora.
—¡Infame! ¿Qué han dicho mientras comían?
—No han hablado de la señora.
—¿Ni una palabra?
—No; pero después de comer, el señor duque me ha preguntado la dirección de la señora. Le he encontrado muy desmejorado.
—¿No ha dicho nada más?