El doctor respondió sin inmutarse:
—Ya se lo traigo a usted, señor duque, y no tiene usted más que tomarlo.
Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.
—¡Hable usted, pues!—exclamó—. ¡Me tiene usted en ascuas!
—Antes de pasar adelante, señor duque, debo recordarle que desde hace tres años soy el mejor amigo de la casa.
—Puede usted decir el único sin temor a ser desmentido.
—El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...
—¡Va bien! ¡va bien!
—No olvide usted que la vida de la señora duquesa está en peligro y que yo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.
—¡Qué diablo! Es usted el que me los proporciona a mí. Hace una hora que me está usted hablando como el peripatético del Matrimonio forzado. ¡Al grano, doctor, al grano!