—¡Diablo!—añadió el duque—. No hay nada imposible; todo puede ocurrir en este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaría cincuenta mil francos de renta?
Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía a sus ojos.
—Amigo mío—dijo—, es muy triste el que los padres hereden a los hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo bendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante en que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amado sea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo un ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.
—¡Ta! ¡ta!—exclamó el duque—. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma, querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.
—¡En cuanto a mí...!
Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque la comprendió.
—¡Eso es!—dijo—; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Y entonces qué será de mí?
—Usted será rico, padre mío—dijo Germana abriendo la puerta del comedor.
La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija; pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firme y resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.
Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de Poliuto. Un pálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como una aureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no se veía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa cabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el fin y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo del cuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.