La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.
—Si Dios es justo—murmuró—, no nos separará; nos llevará a todos juntos.
—No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirá para sí mismo.
—Te lo prometo—respondió ingenuamente el viejo.
Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruoso que se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, se emocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.
Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en la mesa.
—Adiós, señoras—dijo el doctor—; voy a llevar esas buenas noticias al conde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.
—¿Tan pronto?—preguntó la duquesa.
—No tenemos tiempo que perder—añadió Germana.
—Mientras tanto—dijo el duque—, almorcemos.