—Me satisface mucho—dijo el conde—que sea ella quien haya adoptado esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez les habría juzgado mal.
—Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían pan en casa.
—¿Pan?
—Pan, sin metáfora.
—Adiós—dijo el conde—. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya gentes que carezcan de pan?
—He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no tenía un millón para ofrecerles como hoy.
El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su madre. La linda mujer quedó con el doctor.
—Puesto que hay gentes que carecen de pan—dijo—, veamos, doctor, ¡una taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.
—Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.
—¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?