—Además—añadió el señor Le Bris—, la duquesa no nos sería precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería perjudicial para la señora duquesa.
En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.
El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida, pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es uno de los privilegios del amor.
Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.
—Veinte mil francos—contestó el doctor—. De esos cobro cinco o seis mil.
—¿Y el resto?
—Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los juzgados.
—¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?
—Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe contarse por meses, quizás por semanas.
—¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!