El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas redondas de Italia:
—¿Usted ha estado tísico, señor?
—En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado. Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de Corfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató a su enfermo para saber cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
—Venga usted—dijo a su marido—. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé; para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
—Germana—le dijo—, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una emoción que rayaba en el delirio: