»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas veces si me ocurriese una desgracia.

»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito; el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán que esperar bastante tiempo.

»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre, porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras; se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.

»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos, pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada. Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al aire libre: es la costumbre del país.

»Mis balcones, en número de cuatro, dan al Levante y al Mediodía. Desde las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi disposición: el uno al norte de la casa, limitado por un muro más complicado que la gran muralla de la China; el otro al Mediodía, bañado por el mar. El jardín del norte está plantado de olivos, de azufaifos y de nísperos del Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, de higueras, de limoneros, de áloes, de chumberas y de parras gigantescas que lo invaden todo, que trepan a todos los árboles y se encaraman en lo más alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la cabra del reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro, ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado de semejante dicha. ¡Pero si viviese!...

»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho días eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un romántico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias melenudas. Hemos cortado los árboles a hachazos, ni más ni menos que en una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabrá usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no me las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El perfume que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo parte en su dicha y se me ensancha el corazón. ¡Qué hermosa es la tierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste abandonar este mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin embargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!

»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubiera consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aquí para verlas. Las toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: «Aun estoy entre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra sombra. Si hemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos árboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»

»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos? Son blancos en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en las ramas de los limoneros. ¿De qué color serán dentro de seis meses? No pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los árboles; el mar azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y enflaquecidas; siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz de usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buen sol, esos árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantos amigos que piden gracia para mí y que no me dejarán morir. Quisiera tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos del mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria, que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido jamás, nunca he hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarme vivir con los demás, confundida entre la multitud de los seres que respiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y además, no soy muy cara de mantener.

»Por desgracia, hay gentes que se pondrían luto si yo curase y que no se consolarían jamás si me viesen viva. ¿Qué le vamos a hacer? Están en su derecho. He contraído una deuda y tengo el deber de pagarla.

»Mi querida mamá, ¿qué piensa usted del señor de Villanera? ¿Qué concepto tienen de él en París? ¿Es posible que un hombre tan sencillo, tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos por primera ver hace poco días; son unos hermosos ojos capaces de engañar al más listo.