—Será un ángel para Dios.

—Los que quedan son más dignos de compasión.

—¡No sé cómo se las arreglará la duquesa para salir de este atolladero. ¡A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles más.

—¿Cuánto deben de alquiler?

—Ochocientos francos; pero lo que me extraña es que siquiera el señor haya visto el color de su dinero.

—Si yo fuese él, preferiría tener desalquilado el piso antes que permitir que viviesen en él personas que deshonran la casa.

—¡No seas bestia! ¿Para qué arrastrar por el arroyo al duque de La Tour de Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son como las llagas del barrio; todos nosotros tenemos interés en ocultarlas.

—¡Toma!—dijo el marmitón—, creo que tengo razón para burlarme. ¿Por qué no trabajan? Los duques son hombres como los demás.

—¡Muchacho!—exclamó gravemente el mayordomo—, estás diciendo cosas incoherentes. La prueba de que no son hombres como los demás, es que yo, tu superior, no sería ni barón durante una hora de mi vida. Además, la duquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni tú ni yo seríamos capaces. ¿Tomarías tú caldo durante todo un año y en todas las comidas?

—¡Caramba! ¡No me parece eso muy divertido!