—Heredarían. Comprendo perfectamente. Pero, ¡es tan difícil la elección! ¿Y si tropezásemos con un hombre honrado?
—¿Es que los hay?
—Le Tas, calumnias al género humano. No hay muchos hombres capaces de jugarse la cabeza por mil francos de renta.
—Estoy segura de que si enviásemos allá abajo un hombrecillo que yo conozco, un verdadero bribón de París, pálido como una manzana que no ha madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al cabo de quince días se habría hecho cargo del porvenir que se le ofrecía.
—Tal vez. ¿Pero y si erraba el golpe?
—Entonces habría que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un práctico que tenga costumbre de esas cosas.
—Veo que te acuerdas de Tolón, hija mía.
—¡Toma! allí hay sujetos muy a propósito para eso.
—¿Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?
—Los hay que ya han cumplido.