—¿Y si viniesen a París sin permiso?

—Entonces habrían infringido la orden y les haríamos deportar de nuevo, en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.

—Así, ¿ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?

—El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para las guaridas.

—¡Bondad divina! ¡estamos en la edad de oro! Señor Domet, usted deshoja mis ilusiones una por una. ¡Qué manera de quitar poesía a la vida!

—Hermosa dama, la vida no carecerá jamás de poesía para los que tengan la dicha de ver a usted.

Este cumplimiento fue disparado con una tal ampulosidad de galantería burguesa, que toda la asamblea aplaudió. El señor Domet se ruborizó hasta el blanco de los ojos y miró las puntas de sus zapatos. Pero la señora Chermidy le llamó de nuevo a la cuestión.

—¿Dónde están los licenciados de presidio? ¿Los hay en Vaugirard?

—No, señora, en el departamento del Sena no hay ninguno.

—¿Los hay en Saint-Germain?