—Sí, señor—replicó vivamente el medicucho,—¡la hemorragia! esa es la verdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aquí un frasco de agua hemostática, preparada según la fórmula de Brocchieri; yo la prefiero a la de Lechelle.
Y se dirigió, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se había sentado al pie de un árbol y sangraba con tristeza.
—Caballero—le dijo entre profundas reverencias,—podéis creerme que lamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros con ocasión de un acontecimiento menos desagradable que este.
Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L'Ambert, y contestole con acento dolorido:
—Doctor, ¿perderé la nariz?
—No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero! ¿cómo podríais perderla de nuevo, si la habéis perdido ya?
Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchieri sobre una compresa.
—¡Cielos!—exclamó de repente,—tengo una idea, caballero. Puedo responderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.
—¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos. ¡Ah, doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.
—Eso suele decirse... ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de nariz que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o de M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivo estado.