—¡Monstruo!—exclamó, sin poder contenerse, M. L'Ambert.

Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el criado anunció a M. Bernier.

El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de su cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo. Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelas de Javier de Montepin:

—¡Él! ¡él! ¡él!

—Caballero—dijo el doctor,—siento haberos hecho aguardar, y os suplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de ser víctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada podremos hacer si tenéis miedo de mí.

La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídos franceses. M. L'Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre el suelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita demasiado nerviosa para ser natural.

—¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, por ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta mañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os estaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en este momento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecido con vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido. Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabe si acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que de raro hayáis notado en la acogida que os hice.

—¡En hora buena!—dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.—¡Ah! ¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que me hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé. Pero sentaos, por favor.

Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de la jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así, habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.

—Es una gran desgracia—observó el cirujano,—pero es posible repararla en el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el libro de Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.