—Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.
Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.
También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas; escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.
¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato; prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.
Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.
—Vos no poseéis mi estima—le dijo un día al notario, creyendo hacerle un gran bien.
Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.
En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las tempestades casi sin interrupción.
Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:
—¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva a oír pronunciar tu nombre.