—Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor L'Ambert.

—¡Te repito que me alegro!

—¡Señor L'Ambert!

—¿Qué?

—Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.

—¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.

—No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!—Esos son juramentos de borracho.

—¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de francos, mi buen señor L'Ambert!

—¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.

Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a los presentes.