—¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?
—Sí.
—Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que todos los hombres son hermanos?
VI
HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL
Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M. Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón, después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su puesto sin permiso de su cabo.
El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas, parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles, respondía con impasible dolor:
—No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.
—¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.
—¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!