El capitán, aunque herido, anduvo a pie con sus soldados, cansados y silenciosos, llegaban al ponerse el sol a Goito, sobre el Mincio; buscó en seguida a su teniente, que había sido recogido con el brazo roto, por nuestra ambulancia, y debía haber llegado allí antes que él. Le indicaron una iglesia, donde se había instalado precipitadamente el hospital de campaña. Se fué allí; la iglesia estaba llena de heridos colocados en dos filas de camas y de colchones extendidos sobre el suelo; dos médicos y varios practicantes iban y venían afanados, y oíanse gritos ahogados y gemidos.

Apenas entró el capitán, se detuvo y dirigió una mirada a su alrededor en busca de su oficial.

En aquel momento se oyó llamar por una voz apagada muy próxima: “¡Mi capitán!”.

Se volvió: era el tamborcillo.

Estaba tendido sobre un catre de madera, cubierto hasta el pecho por una tosca cortina de ventana, de cuadros rosa y blancos, con los brazos fuera, pálido, demacrado, pero siempre con sus ojos brillantes como dos ascuas. “¡Cómo! ¿eres tú?—le preguntó el capitán admirado, pero bruscamente—; ¡Bravo! has cumplido con tu deber!”. “He hecho lo posible”, respondió el tambor. “¿Estás herido?”, dijo el capitán buscando con la vista a su teniente en las camas próximas. “¡Qué quiere usted!—dijo el muchacho, a quien daba alientos para hablar la honra de estar herido por primera vez, sin lo cual no hubiera osado abrir la boca ante aquel capitán.—Corrí mucho con la cabeza baja; pero aun agachándome me vieron en seguida. Hubiera llegado veinte minutos antes si no me alcanzan. Afortunadamente encontré pronto a un capitán de Estado Mayor, a quien di la esquela. Pero me costó gran trabajo bajar, después de aquella caricia. Me moría de sed; temía no llegar ya; lloraba de rabia, pensando que cada minuto que tardaba se iba uno al otro mundo, allá arriba. Pero, en fin, he hecho lo que he podido. Estoy contento. ¡Pero mire usted—y dispense, mi capitán—que pierde usted sangre!”. En efecto: de la palma de la mano mal vendada, del capitán, corría alguna gota de sangre. “¿Quiere usted que le apriete la venda, mi capitán? Deme un momento”. El capitán dió la mano izquierda, y alargó la derecha para ayudar al muchacho a hacer el nudo y atarlo; pero el chico, apenas se alzó de la almohada, palideció y tuvo que volver a apoyar la cabeza. “¡Basta, basta!—dijo el capitán, mirándolo y retirando la mano vendada que el tambor quería retener—.Cuida de lo tuyo en vez de pensar en los demás, que las cosas ligeras, descuidándolas, pueden hacerse graves”. El tamborcillo movió la cabeza. “Pero tú—le dijo el capitán mirándole atentamente—debes haber perdido mucha sangre para estar tan débil”. “¿Perdido mucha sangre?—respondió el muchacho sonriendo. Algo más que sangre. ¡Mire!”. Y se echó abajo la colcha. El capitán se echó atrás horrorizado. El muchacho no tenía más que una pierna; la pierna izquierda se la habían amputado por encima de la rodilla: el muñón estaba vendado con paños ensangrentados. En aquel momento pasó un médico militar, pequeño y gordo, en mangas de camisa. “¡Ah, mi capitán!—dijo rápidamente señalando al tamborcillo—, he aquí un caso desgraciado: esa pierna se habría salvado con nada si él no la hubiese forzado de aquella mala manera: ¡maldita inflamación! Fué necesario cortar así. Pero es un valiente, se lo aseguro; no ha derramado una lágrima, ni se le ha oído un grito. Estaba yo orgulloso, al operarlo, de que fuese un muchacho italiano: palabra de honor. Es de buena raza, a fe mía”. Y siguió su camino. El capitán arrugó sus grandes cejas blancas y miró fijamente al tamborcillo, subiéndole la colcha; después, lentamente, casi sin darse cuenta de ello, y mirándole siempre, levantó la mano hasta la cabeza y se quitó el quepí. “¡Mi capitán!—exclamó el muchacho admirado—, ¿Qué hace, mi capitán? ¡Por mí!”. Y entonces aquel tosco soldado, que no había dicho nunca una palabra suave a un inferior suyo, respondió con voz dulce y extremadamente cariñosa: “Yo no soy más que un capitán; tú eres un héroe”. Después se arrojó con los brazos abiertos sobre el tamborcillo y le besó tres veces en el corazón.

EL AMOR A LA PATRIA

Martes 24.—“Puesto que el cuento del Tamborcillo, ha conmovido tu corazón te será fácil hoy escribir bien el tema de examen: ¿Por qué se ama a Italia? ¿Por qué quiero a Italia? ¿No se te ocurren en seguida cien respuestas? Amo a Italia porque mi madre es italiana; porque la sangre que corre por mis venas es italiana; porque italiana es la tierra donde están sepultados los muertos que mi madre llora y los que venera mi padre; porque la ciudad donde he nacido, la lengua que hablo, los libros que me instruyen, mi hermano, mi hermana, mis compañeros, el gran pueblo en que vivo, la bella naturaleza que me rodea, todo lo que veo, lo que adoro, lo que estudio, lo que admiro, es italiano. ¡Oh! ¡Tú no puedes sentir aún en toda su intensidad ese grande afecto! Lo sentirás cuando seas hombre, cuando al volver de largo viaje, después de prolongada ausencia y asomándote una mañana a la cubierta del buque, veas en el horizonte las azules montañas de tu país; lo sentirás, entonces, en la impetuosa onda de ternura que te llenará de lágrimas los ojos y te arrancará un grito del corazón. Lo sentirás en alguna gran ciudad lejana, en el impulso del alma que te empujará, entre la multitud desconocida, hacia un obrero obscuro del cual hayas oído, pasando a su lado, una palabra italiana. Lo sentirás en la indignación dolorosa y profunda que te hará subir la sangre a la cabeza cuando oigas injuriar a tu país a algún extranjero. Lo sentirás más violento y más vivo el día en que la amenaza de un pueblo enemigo levante una tempestad de fuego sobre tu patria y veas brillar las armas por todas partes, correr los jóvenes a alistarse a las filas, los padres besar a los hijos, diciendo: ‘¡Ánimo!’, y las madres despedir a los jóvenes, gritando: ‘¡Vence!’. Lo sentirás, como una alegría divina si tuvieses la suerte de ver regresar a tu ciudad los regimientos diezmados, rendidos, destrozados, terribles, con el brillo de la victoria en los ojos y las banderas atravesadas por las balas, seguidos de un convoy interminable de valientes que asoman sus cabezas vendadas y sus brazos sin manos en medio de la multitud loca que los cubre de flores, de bendiciones y de vítores. ¡Ah, comprenderás entonces el amor a la patria; entonces lo sentirás tú, Enrique mío! Es cosa tan grande y tan sagrada, que si un día yo te viese regresar salvo de una batalla en que se ha peleado por ella; salvo tú, que eres mi carne y mi alma, y supiese que habías conservado la vida porque te habías escondido huyendo de la muerte, yo, tu padre, que te recibo con gritos de alegría cuando vuelves de la escuela, te recibiría con sollozos de angustia, y no podría quererte ya, y moriría con aquel puñal clavado en el corazón.—Tu padre”.

ENVIDIA

Miércoles 25.—El que ha hecho mejor la composición sobre la patria ha sido también Deroso. ¡Y Votino que creía seguro el primer premio! Yo quería mucho a Votino, aunque es algo vanidosillo y presumido; pero me disgusta, ahora que estoy con él en el banco, ver lo que envidia a Deroso. Y estudia para competir con él; pero no puede en manera alguna, porque el otro lo revuelca en todas las asignaturas, y Votino se muerde los dedos. También siente envidia Carlos Nobis; pero éste tiene tanto orgullo, que la misma soberbia no se lo deja descubrir. Votino, por el contrario, se vende, se lamenta de las notas en su casa y dice que el maestro comete injusticias; y cuando Deroso responde a las preguntas, tan pronto y tan bien como siempre, él pone la cara hosca, baja la cabeza, finge no oír y se esfuerza por reír; pero con la risa del conejo. Y como todos lo saben, en cuanto el maestro alaba a Deroso, todos se vuelven a mirar a Votino, que traga veneno, y el albañilito le hace la mueca de hocico de liebre. Esta mañana, por ejemplo, lo ha demostrado. El maestro entró en la escuela y anunció el resultado de los exámenes. Deroso, diez décimas y la primera medalla. Votino estornudó con estrépito. El maestro le miró, porque la cosa estaba bien clara. “Votino—le dijo—, no dejes que se apodere de ti la serpiente de la envidia: es una sierpe que roe el cerebro y corrompe el corazón”. Todos le miraron, menos Deroso. Votino quiso responder y no pudo: quedó como petrificado y con el semblante pálido. Después, mientras el maestro daba la lección, se puso a escribir, en gruesos caracteres, en una hoja: Yo no estoy envidioso de los que ganan la primera medalla por favor y con injusticia. Este papel quería mandárselo a Deroso. Pero entretanto observé que los que estaban junto a Deroso tramaban algo entre sí y se hablaban al oído, y uno hacía con el cortaplumas una gran medalla de papel, sobre la cual habían dibujado una serpiente negra. Votino mismo no advirtió nada. El maestro salió breves momentos. En seguida, los que estaban junto a Deroso se levantaron para salir del banco y presentar solemnemente la medalla de papel a Votino. Toda la clase se preparaba para presenciar una escena desagradable. Votino estaba ya temblando. Deroso gritó: “¡Dádmela!”. “Sí, mejor es—respondieron los demás;—tú eres el que debe llevársela”. Deroso cogió la medalla y la hizo mil pedazos. En aquel momento volvió el maestro y se reanudó la clase. Yo no quitaba ojo de Votino, que estaba encarnado de vergüenza. Tomó el papel despacito, como si lo hiciese distraídamente, lo hizo mil dobleces a escondidas, se lo puso en la boca, lo mascó un poco, y después lo echó debajo del banco. Al salir de la escuela y pasar por delante de Deroso, a Votino, que estaba un poco confuso, se le cayó el arrugado papel. Deroso, siempre noble, lo recogió y se lo puso en la cartera, ayudándole a abrocharse el cinturón. Votino no se atrevió a levantar la cabeza.

LA MADRE DE FRANTI