Yo, para ver, tuve que empinarme.
La multitud que estaba detrás de la mesa encarnada había abierto paso, y se pusieron delante un hombre y una mujer. El hombre llevaba de la mano a un niño.
Era el que había salvado al compañero.
El hombre era su padre: un albañil vestido de día de fiesta. La mujer, su madre, pequeña y rubia, estaba vestida de negro. El muchacho, también rubio y pequeño, tenía una chaqueta gris.
Al ver toda aquella gente y oír aquel ruido de aplausos, se quedaron los tres tan sorprendidos, que no se atrevían a mirar ni a moverse. Un guardia municipal les empujó al lado de la mesa, a la derecha.
Todos callaron un momento, y después resonaron de nuevo los aplausos por todos lados. El muchacho miró hacia arriba, hacia las ventanas, y luego a la galería de las huérfanas de los militares; tenía el sombrero en la mano y parecía que no sabía bien en dónde estaba. Me pareció que le daba cierto aire a Coreta en la cara, pero era más sonrosado. Su padre y su madre no apartaban los ojos de la mesa.
Entretanto, todos los muchachos del barrio del Po, que estaban cerca de nosotros, pasaron delante y le hacían señas a su compañero, para hacerse ver, llamándole en voz baja. A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho les miró y se cubrió la boca con el sombrero para ocultar una sonrisa.
En un momento dado, todos los guardias se cuadraron.
Entró el alcalde acompañado de muchos señores.
El alcalde, que tenía el pelo cano y llevaba una faja tricolor, se puso de pie junto a la mesa; los demás, detrás y a los lados.