Martes 13.—“Saluda a la patria de este modo en los días de sus fiestas: Italia, patria mía, noble y querida tierra donde mi padre y mi madre nacieron y serán enterrados, donde yo espero vivir y morir, donde mis hijos crecerán y morirán; hermosa Italia, grande y gloriosa desde hace siglos, unida y libre desde ha pocos años; que esparciste sobre el mundo tanta luz de divinas inteligencias, y por la cual tantos valientes murieron en los campos de batalla y tantos héroes en el patíbulo; madre augusta de trescientas ciudades y de treinta millones de hijos; yo, niño, que todavía no te comprendo y no te conozco por completo, te venero y te amo con toda mi alma, y estoy orgulloso de haber nacido de ti y de llamarme hijo tuyo. Amo tus mares espléndidos y tus sublimes Alpes; amo tus monumentos solemnes y tus memorias inmortales; amo tu gloria y tu belleza; amo y venero a toda como a aquella parte preferida donde por vez primera vi el sol y oí tu nombre. Os amo a todas con el mismo cariño y con igual gratitud, valerosa Turín, Génova soberbia, docta Bolonia, encantadora Venecia, poderosa Milán; con la misma reverencia de hijo os amo, gentil Florencia y terrible Palermo, Nápoles inmensa y hermosa, Roma maravillosa y eterna. ¡Te amo, sagrada patria! Y te juro que querré siempre a todos tus hijos como a hermanos; que honraré siempre en mi corazón a tus hombres ilustres vivos y a tus grandes hombres muertos; que seré ciudadano activo y honrado, atento tan sólo a ennoblecerme para hacerme digno de ti, y cooperar con mis mínimas fuerzas para que desaparezcan de tu faz la miseria, la ignorancia, la injusticia, el delito; para que puedas vivir y desarrollarte tranquila en la majestad de tu derecho y de tu fuerza. Juro que te serviré en lo que pueda, con la inteligencia, con el brazo y con el corazón, humilde y valerosamente; y que si llega un día en el que deba dar por ti mi sangre y mi vida, daré mi vida y mi sangre y moriré elevando al cielo tu santo nombre y enviando mi último beso a tu bendita bandera.—Tu padre.

¡TREINTA Y DOS GRADOS!

Viernes 16.—En los cinco días siguientes a la fiesta nacional, el calor ha ido creciendo hasta tres grados más. Ya estamos en pleno verano: todos comienzan a estar cansados, a perder los hermosos colores sonrosados de la primavera; las piernas y los cuellos se adelgazan, las cabezas se tambalean y los ojos se cierran. El pobre Nelle, que siente mucho el calor y tiene ya una cara de color de cera, se queda alguna vez dormido profundamente con la cabeza sobre el cuaderno; pero Garrón siempre está atento para ponerle delante un libro abierto, derecho, para que el maestro no lo vea. Crosi apoya su roja cabeza sobre el banco, de modo que parece que la han separado del tronco y puesto allí. Nobis se lamenta de que somos demasiados y viciamos el aire. ¡Ah! ¡Qué esfuerzo hay que hacer para ponerse a estudiar! Yo miro desde las ventanas de casa aquellos hermosos árboles que hacen una sombra tan obscura, donde de muy buena gana iría a correr, y me da tristeza y rabia el tener que ir a encerrarme entre los bancos de la clase. Luego me reanimo cuando veo que mi pobre madre se queda siempre mirándome cuando salgo de la escuela para ver si estoy pálido; y a cada página de trabajo me dice: “¿Te sientes con fuerza todavía?”. Y todas las mañanas, al despertarme a las seis para estudiar la lección: “¡Ánimo! No faltan ya más que tantos días; luego quedarás libre y descansarás, irás a la sombra de los árboles”. Sí; tiene sobrada razón mi madre al recordarme los muchachos que trabajan en los campos bajo los rayos de un sol que abrasa, o en las arenas blancas a orillas de los ríos, que ciegan y queman, o de las fábricas de vidrios, que se pasan todo el día inmóviles con la cara inclinada sobre una llama de gas; todos se levantan más pronto que nosotros, y ninguno de ellos tiene vacaciones. ¡Valor, por consiguiente! También en esto es el primero de todos Deroso, que no siente ni el calor ni el sueño, siempre vivo y alegre, con sus rizos largos como en el invierno, estudiando sin cansarse y manteniendo despiertos a todos los que tiene alrededor, como si refrescase con su voz el aire. Otros dos hay que siempre están atentos y despiertos: el testarudo Estardo, que se pincha en los labios para no dormirse, y cuanto más cansado está y más calor hace, tanto más aprieta los dientes y abre los ojos que parece que se quiere comer al maestro; y el traficante Garofi, enteramente ocupado en fabricar abanicos de papel rojo, adornados con figuritas de cajas de cerillas, que luego vende a dos céntimos cada uno. Pero el más valiente es Coreta: ¡pobre Coreta, que se levanta a las cinco para ayudar a su padre a llevar leña! A las once, en la escuela, ya no puede tener los ojos abiertos, y se le dobla la cabeza sobre el pecho. Y sin embargo, se sacude, se pega cachetes en la nuca, pide permiso para salir, y se lava la cara, y hace que los que están cerca le empujen y le pellizquen. Pero esta mañana no pudo resistirlo, y se durmió con profundísimo sueño. El maestro le llamó fuertemente: “¡Coreta!”. No le oyó. El maestro, irritado repitió: “¡Coreta!”. Entonces el hijo del carbonero, que vive al lado de su casa, se levantó y dijo: “Ha estado trabajando desde las cinco hasta las siete, llevando haces de leña”. El maestro le dejó dormir, y continuó explicando la lección durante otra media hora. Luego se fué al banco de Coreta, y soplándole muy despacio en la cara, le despertó. Al verse delante al maestro, retrocedió amedrentado. Pero el maestro le cogió la cabeza entre las manos y le dijo besándole: “No te regaño, hijo mío. No es el sueño de la pereza el que sientes, sino el sueño del cansancio”.

MI PADRE

Sábado 17.—“Seguramente que ni tu compañero Coreta ni Garrón responderían a su padre como tú has respondido esta tarde al tuyo, Enrique. ¿Cómo es posible? Tienes que jurarme que no volverá a pasar esto nunca mientras yo viva. Siempre que a una reprensión de tu padre te venga a los labios una mala respuesta, piensa en aquel día, que llegará irremisiblemente, en que tenga que llamarte a su lecho para decirte: ‘Enrique, te dejo’. ¡Oh, hijo mío! Cuando oigas su voz por última vez, y aun después por mucho tiempo; cuando llores en su cuarto abandonado, en medio de todos los libros que él ya no abrirá más, entonces, recordando que alguna vez le faltaste al respeto, te preguntarás a ti mismo: ‘¿Cómo es posible?’. Entonces comprenderás que él ha sido siempre tu mejor amigo, que cuando se veía obligado a castigarte sufría más que tú, y que siempre que te ha hecho llorar ha sido por tu bien; entonces te arrepentirás y besarás llorando aquella mesa sobre la cual ha trabajado y sobre la cual gastó su vida en bien de sus hijos. Ahora no comprendes; él te esconde todo su interior, excepto su bondad y su cariño. Tú no sabes que a veces está tan quebrantado por el cansancio, que piensa que vivirá pocos días, y que en tales momentos no habla más que de ti, y no tiene más pena en su corazón que el dejarte sin protección y pobre. ¡Y cuántas veces, pensando en esto, entra en tu cuarto mientras duermes y se queda mirándote con la luz en la mano, y haciendo un esfuerzo, cansado y triste, vuelve a su trabajo! Y ni siquiera te das cuenta de que en muchas ocasiones te busca, está contigo porque tiene una amargura en el corazón y disgustos que todos los hombres sufren en el mundo, y te busca a ti como a un amigo para confortarse y olvidar, sintiendo necesidad de refugiarse en tu cariño, para volver a encontrar la serenidad y el valor. Piensa, por consiguiente, ¡qué doloroso debe ser para él cuando, en lugar de encontrar afecto en ti, encuentra frialdad e irreverencia! ¡No te manches jamás con tan terrible ingratitud! Piensa que aun cuando fueses bueno como un santo, no podrías nunca recompensarlo bastante, por lo que ha hecho y hace continuamente por ti. Y piensa a la vez que sobre la vida no se puede contar: una desgracia te podría arrebatar a tu padre, mientras todavía eres muchacho, dentro de dos años o tres meses, o quizá mañana mismo. ¡Ah! ¡Pobre Enrique mío! ¡Cómo verías cambiar todo a tu alrededor entonces! ¡Qué vacía y desolada te parecería la casa, solo, con tu pobre madre, vestida de negro. Vete, hijo; ve donde está tu padre: está trabajando en su cuarto: ve de puntillas para que no te sienta entrar; ve a poner tu frente sobre sus rodillas y a decirle que te perdone y te bendiga.—Tu madre”.

EN EL CAMPO

Lunes 19.—Mi buen padre me perdonó una vez más y me dejó ir a la jira que habíamos proyectado con el padre de Coreta, el vendedor de leña. Todos teníamos necesidad de alguna bocanada de aire en las colinas. Fué una diversión. Ayer a las dos nos encontramos en la plaza de la Constitución, Deroso, Garrón, Garofi, Coreta padre e hijo, Precusa y yo, con nuestras provisiones de frutas, de salchichón y de huevos duros, teníamos vasitos de cuero y de hoja de lata; Garrón llevaba una calabaza con vino blanco; y el pequeño Precusa, con su blusa de maestro herrero, tenía bajo el brazo un pan de dos kilos. Fuimos en ómnibus hasta la Gran Madre de Dios, y luego, arriba, a escape por las colinas. ¡Había una sombra, un verde y una frescura...! Dábamos volteretas en la pradera, metíamos la ara en todos los arroyuelos y saltábamos a través de todos los fosos. Coreta padre nos seguía a lo lejos, con la chaqueta al hombro, fumando en su pipa de yeso y de cuando en cuando nos amenazaba con la mano para que no nos desgarrásemos los pantalones. Precusa silbaba; nunca le había oído silbar; Coreta, hijo, hacía de todo, según andábamos; sabe hacer de todo aquel hombrecillo, con su navajita de un dedo de larga: ruedas de molino, tenedores, jeringuillas; y quería llevar las cosas de los demás, e iba cargado que sudaba de firme, pero siempre ligero como una cabra. Deroso a cada paso se detenía para decirnos los nombres de las plantas y de los insectos; yo no sé cómo se arregla para saber tanta cosa. Garrón iba comiendo su pan en silencio; pero no es el mismo que pegaba aquellos mordiscos que era un gusto verlo, ¡pobre Garrón!, después que perdió a su madre. Siempre es excelente, bueno como el pan: cuando uno de nosotros tomaba carrera para saltar un foso, corría al otro lado para tenderle las manos; y porque Precusa tenía miedo de las vacas, porque siendo pequeño le habían atropellado, siempre que pasaba una, Garrón se le ponía delante. Subimos hasta Santa Margarita, y luego abajo por la pendiente dando saltos y echándonos a rodar. Precusa, trabándose en un arbusto, se hizo un rasgón en la blusa, y allí se quedó avergonzado con su jirón colgando, hasta que Garofi, que tiene siempre alfileres en la chaqueta, se lo sujetó de manera que no se veía, mientras que él no cesaba de decirle: “¡Perdóname! ¡Perdóname!”. Luego, vuelta a correr de nuevo. Garofi no perdía su tiempo en el viaje: cogía hierbas para ensalada, caracoles y todas las piedras que brillaban algo se las metía en el bolsillo, pensando en que podrían tener algo de oro o de plata. Siempre adelante corriendo, echándonos a rodar, trepando a la sombra y al sol, arriba y abajo por todas las elevaciones y senderos, hasta que llegamos sin fuerzas y sin aliento a la cima de una colina, donde nos sentamos a merendar en la hierba. Se veía una llanura inmensa y todos los Alpes azules con sus crestas blancas. Todos nos moríamos de hambre, y parecía que el pan se evaporaba. Coreta, padre, nos presentaba los pedazos de salchichón sobre hojas de calabaza. Todos nos pusimos a hablar a la vez de los maestros, de los compañeros que no habían podido venir y de los exámenes. Precusa se avergonzaba algo de comer, y Garrón le metía en la boca lo mejor de su parte a la fuerza. Coreta estaba sentado al lado de su padre con las piernas cruzadas, más bien parecían dos hermanos que no padre e hijo, al verlos colocados tan inmediatamente los dos, y alegres y con los dientes tan blancos... El padre trincaba que era un gusto; apuraba hasta los vasos que nosotros dejábamos mediados, diciéndonos: “A vosotros, estudiantes, sin duda os hace daño el vino; los vendedores de leña son los que tienen necesidad de él”. Luego, cogiendo por la nariz a su hijo, le zarandeaba, diciéndonos: “Muchachos, quered mucho a éste, que es un perfecto caballero: ¡os lo digo yo!”. Todos nos reíamos, excepto Garrón. Y seguía bebiendo. “¡Qué lástima! Ahora estáis todos juntos como buenos amigos, y dentro de algunos años, ¡quién sabe! Enrique y Deroso serán abogados o profesores, o qué sé yo, y vosotros cuatro en una tienda, o en un oficio, o el diablo sabe dónde. Entonces, buenas noches, camaradas”. “¡Qué!—respondió Deroso:—para mí, Garrón será siempre Garrón; Precusa será siempre Precusa, y los demás lo mismo; aun cuando llegase a ser emperador de todas las Rusias, donde estén ellos iré yo”. “¡Bendito seas!—exclamó Coreta, padre, alzando la cantimplora—; así se habla, ¡vive Cristo! ¡Venga esa mano! ¡Vivan los buenos compañeros, y viva también la escuela, que crea una sola familia entre los que tienen y entre los que no tienen!”. Tocamos todos la cantimplora con los vasos de cuero y de hoja de lata, y bebimos por última vez. Y él gritó, poniéndose en pie y apurando el último sorbo: “¡Viva el cuadro del cuarenta y nueve! Y si alguna vez vosotros tuviéseis que formar el cuadro, mucho cuidado con mantenerse firmes como nosotros, ¡muchachos!”. Ya era tarde: bajamos corriendo y cantando, y caminando largos trechos cogidos del brazo. Cuando llegamos al Po obscurecía, y millares de moscas luminosas cruzaban los aires. No nos separamos hasta llegar a la plaza de la Constitución, y después de haber combinado el encontrarnos para ir todos juntos al teatro de Víctor Manuel para ver la distribución de premios a los alumnos de las escuelas de adultos. ¡Qué hermoso día! ¡Qué contento hubiera vuelto a casa si no hubiese encontrado a mi pobre maestra! La encontré al bajar las escaleras de nuestra casa, casi a obscuras; apenas me reconoció, me cogió ambas manos, diciéndome al oído: “¡Adiós, Enrique; acuérdate de mí!”. Advertí que lloraba. Subí y se lo dije a mi madre: “He encontrado a mi maestra”. “Sí, iba a acostarse”, respondió mi madre, que tenía los ojos encendidos. Luego, mirándome fijamente, añadió con gran tristeza: “Tu pobre maestra... está muy mal”.

LA DISTRIBUCIÓN DE PREMIOS A LOS ARTESANOS

Domingo 25.—Según habíamos convenido, fuimos todos juntos al teatro de Víctor Manuel a ver la distribución de premios a los artesanos. El teatro estaba adornado como el día 14 de marzo y lleno de gente; pero casi todas eran familias de obreros. El patio estaba ocupado por los alumnos y alumnas de la escuela de canto coral, los cuales cantaron un himno a los soldados muertos en Crimea, tan hermoso, que cuando terminó todos se levantaron palmoteando y gritando hasta que lo repitieron. Inmediatamente comenzaron a desfilar los premiados ante el alcalde, el gobernador y otros muchos que les daban libros, libretas de la Caja de Ahorros, diplomas y medallas. Allá, en un rincón del patio, vi al albañilito, sentado al lado de su madre; en otro lado estaba el director, y detrás de él, la cabeza roja de mi maestro de segundo año. Primeramente fueron pasando los alumnos de las escuelas nocturnas de dibujo: plateros, escultores, litógrafos y también carpinteros y albañiles; luego, los de la Escuela de Comercio; después, los del Liceo Musical, entre los cuales iban varias muchachas, obreras, vestidas con los trajes del día de fiesta, siendo saludadas con grandes aplausos. Por fin pasaron los alumnos de las escuelas nocturnas elementales, y era un bonito espectáculo verles desfilar, de todas edades, de todos los oficios y vestidos de muy diversos modos: hombres con el pelo entrecano, muchachos y operarios de larga barba negra. Los pequeños se presentaban con mucha desenvoltura, los hombres algo turbados, la gente aplaudía a los más viejos y a los más jóvenes. Pero ninguno reía entre los espectadores: al contrario de lo que sucedía el día de nuestra fiesta, todos estaban atentos y serios. Muchos de los premiados tenían a su mujer y a sus hijos en el patio, y había niños que al ver pasar a su padre por el escenario, le llamaban por su nombre y en alta voz, señalándole con la mano y riendo fuertemente. Pasaron labradores y mozos procedentes de la escuela Boncompañi. De la escuela de la Ciudadela se presentó un limpiabotas, a quien conoce mi padre, y el gobernador le dió un diploma. Tras él veo venir un hombre tan grande como un gigante, y a quien me parecía haber visto otras veces... ¡Era el padre del albañilito, que había ganado el segundo premio! Me acordé de cuando le había visto en la buhardilla, al lado de la cama de su hijo enfermo; busqué a éste con la vista en las butacas: ¡pobre albañilito! Estaba mirando a su padre con los ojos brillantes, y para esconder la emoción, ponía el hocico de liebre. En aquel momento oí un estallido de aplausos; miré al escenario: un pequeñito deshollinador, con la cara lavada, pero con el traje de trabajo; el alcalde le hablaba, teniéndole cogida una mano. Después del deshollinador vino un cocinero. Luego se presentó a recoger la medalla un barrendero del Ayuntamiento, de la escuela Raniero. Sentí en mi corazón un no sé qué, algo así como un grande afecto y un gran respeto al pensar cuánto habían costado aquellos premios a todos aquellos trabajadores, padres de familia y llenos de preocupaciones; cuántas fatigas añadidas a las suyas, cuántas horas robadas al sueño, que tanto necesitan, y también cuántos esfuerzos de parte de su inteligencia, sin tener hábitos de estudios, y de sus manos encallecidas por el trabajo. Pasó un muchacho de taller, al cual se veía que su padre le había prestado la chaqueta para aquella ocasión: le colgaban las mangas tanto, que no tuvo más remedio que recogérselas allí mismo para poder coger su premio; muchos rieron, pero pronto quedó sofocada la risa por los aplausos. Apareció luego un viejo con la cabeza calva y la barba blanca. Más tarde, soldados de artillería de los que venían a la escuela de adultos de nuestra sección; luego, guardas de Consumos y vigilantes municipales de los que dan la guardia en nuestras escuelas. Por fin los alumnos de la escuela de música coral cantaron otra vez el himno a los muertos en Crimea; pero con tanto vigor, con tal fuerza de expresión que brotaba francamente del alma, que la gente no aplaudió más y salieron todos conmovidos, lentamente y sin producir ruido. A los pocos minutos la calle estaba llena de gente. Delante de la puerta del teatro estaba el deshollinador, con su libro encuadernado en tela roja, y una porción de señores que le rodeaban, haciéndole mil preguntas. Muchos operarios, muchachos, guardias, maestros, se saludaban de un lado a otro de la calle. Mi maestro de segundo año salió entre dos soldados de artillería. Se veían mujeres de obreros con sus niños en brazos, los cuales llevaban en sus manitas el diploma del padre, enseñándolo orgullosos a las gentes.

MI MAESTRA, MUERTA