—Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad, sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad. Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres. Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué? Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por su voluntad todo poderosa.

—Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son hechos para los pueblos........

—¿Y dudais?—dijo Truth.

—No, no dudo teóricamente; pero tratad de poner en práctica esas bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?

—Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad. Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene la necesidad de creer y de esperar.

—Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis; si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?

Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug en pleno rostro:

—Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio. En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado. La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del bien.

—Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y está hallada la cuadratura del círculo.

—Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.