—¿Y en seguida?

—En seguida, papá, seré ministro como M. Seward, si no puedo conseguirlo, seré presidente como M. Lincoln.

—¿Y en seguida? esclamé, ocuparás sin duda el puesto de Lucifer; porque tienes la ambicion y el orgullo de un demonio!

—Papá, repuso el niño, inquieto de mi vivacidad, todos mis camaradas piensan como yo. Nuestros maestros nos han dicho siempre que éramos la esperanza de la patria y que la república tenia necesidad de nosotros. Entrar en la carrera política, no es ambicion, es un deber. El ciudadano que vá mas lejos es el que sirve mejor á su pais.

—Oh! los paganos, los paganos! esclamé: hénos aquí que volvemos á los escándalos de Atenas y de Roma. El primer deber de un cristiano, señor, es permanecer en su humildad, es huir de la política, es no mesclarse jamás en los asuntos de su pais, á menos que la autoridad no os obligue á ello.

—Papá, no es eso lo que nos han enseñado en el púlpito. El domingo último, nos han citado á un papa, Pio VII, segun creo, que decia, cuando no era sino obispo, es cierto: Sed buenos cristianos, y sereis buenos republicanos. Todas nuestras libertades vienen del Evanjelio: Se nos ha repetido constantemente que la moral de Cristo conduce á la democracia, es decir á la igualdad fraternal y al respeto del mas ínfimo individuo. Amaos los unos á los otros, ¿qué quiere decir esto, sino que el mas fuerte debe ayudar al mas débil con su fortuna, con sus consejos y con su abnegacion?

Me tomé del brazo de Enrique.

—Pobre niño enceguecido por la locura de tus maestros, le dije, mira á donde va la democracia.

Delante de nosotros caminaba á pocos pasos de distancia, un hombre encajonado en unas planchas de madera. Sobre aquel cartelon ambulante se leia, escrito en grandes caracteres:

EL LINCE.