Casa de España, Olimpo de las Artes,
Templo del Porvenir, ¡bendita seas!
Las musas danzarán sobre tu césped
y gustarán la miel de tus colmenas.
Sé el manantial donde las almas nobles
el agua pura del Ensueño beban,
la torre de márfil donde se guarde
el tesoro ideal de nuestra lengua.
Hispanos: si algún día la escarnecen,
nuestras aljabas vaciarán sus flechas,
y nos verán, triunfantes o vencidos,
al pié de esta sagrada ciudadela.
ROSAS DE CARNE
¡Oh rosas de lascivia!
Yo sé que os extenuais de emociones supremas
cuando en vuestras corolas deposita sus gemmas
el bienhechor rocío, entre la noche tibia.
Fuísteis como diademas
en las frentes de Lais, de Salomé, de Aspasia,
de las cocottes de Europa y bayaderas de Asia
y de las Margaritas que enfloraron América.
Vuestro perfume intenso de prostituta histérica,
que incita al sacrilegio,
lo anhela todo el mundo, desde el burgués intonso
hasta el artista egregio,
y desde el venerable que reza su responso
y ornamenta sus dedos con aguas de amatista
hasta el viejo eremita que entiende el sortilegio,
conversa con los astros y es brujo y alquimista.
Los secretos de alcoba
los que sabéis vosotras: el espasmo que arroba,
el deseo que mata, los contactos sutiles,
las caricias de seda
y el estremecimiento de las carnes febriles.
Habéis mirado al cisne, prodigador de halagos,
ensangrentar su pico en los muslos de Leda
sobre la mansedumbre de los dormidos lagos.
Los ojos de Astartea
os contemplaron mucho. Frinés y Mesalinas
perfumaron el agua que besaba sus senos
con el aroma vuestro. Médicis y Popea,
y otras hembras felinas,
os dieron el hechizo de sus labios obscenos.
No ignoráis lo que ocurre
en las silentes noches: el cuerpo que se escurre
entre las suavidades de los ropajes blancos,
las manos que se pierden por los turgentes flancos,
el beso que provoca,
los labios que se buscan y los lenguajes francos
que van de boca a boca.
Y sabéis, por fin, rosas,
que el talismán eterno
de las damas hermosas
de anémicos suicidas ha llenado el infierno...
1911.
LAS DALAGAS FILIPINAS
Dalagas del terruño: el poeta os saluda
coronado de flores, de ensueño y de arrebol
y por los dioses lares y por el mismo Budha
os ofrenda estas rosas, novias todas del sol.
Por las manos que tienen mansedumbre de tules,
por las sampagas niveas del malayo vergel,
por las místicas garzas de los lagos azules
coloco en vuestras frentes esta hoja de laurel.
Adoro vuestros labios, donde el sol de mi tierra
ha dejado sus besos de sátiro oriental,
porque son el santuario de bellezas que encierra
el glorioso prestigio del solar de Rizal.
Ojos negros, refugio de hechizos y embelesos,
dolientes, langorosos, plenos de soñación
como noches sin luna; pero con rojos besos
que vierten en el alma perfumes de ilusión.
Manos sutiles como suavidades de lago,
de seda que se aleja en rítmico frufú,
como el hogar quimérico de un ensueño muy vago
sobre las aguas mansas del piélago de azur.
Frente color de aurora, donde bellas florecen,
con aromas de cielo, flores de castidad;
mejillas sonrosadas que en su gracia parecen
vírgenes de los lienzos de la pasada edad.
Cabellera flotante, cual selva enmarañada,
que exhala dulcemente aromas de querer;
ensoñación, delirio del alma, enamorada
de las carnes y besos de la amada mujer.
Piés finos, diminutos, de rosáceos talones
y senos que se exaltan con ferviente ansiedad;
ánforas virginales con vino de ilusiones
que emborracha las almas de voluptuosidad.
Tallo gentil y esbelto, como enhiesta palmera
donde alegres laboran las abejas su miel,
con suave ritmo que los nervios exaspera,
como si fuese espíritu de un viejo moscatel.
Todo un conjunto armónico y grato que envidiara
la ardiente castellana y la impasible miss,
la princesa que el cielo de Rusia cobijara
y la dama que siente la fiebre de París.
Quién dice no ser bella la mujer filipina
que visite esta tierra de Búrgos[36] y Rizal;
y verá que es más mística, más dulce y más divina
la hija de los rajáhs, la niña tropical.
1911
[Nota 36]: Manuel Búrgos, clérigo filipino, promotor de un movimiento revolucionario en 1872 y fusilado en Cairte.
LUZ DE LUNA
Sonrióme la amada,
la esquiva, la imposesa, la que vió nuestro idilio
bajo el frescor amable
de un emparrado lírico;
la que encantó mi celda cuando escribí el elogio
de tus labios divinos
en unos versos tristes que sabían a lágrimas;
la que besó tu frente en el blanco camino
de la silente aldea, cuando ibas a jurarme
la eternidad sublime de tu santo cariño.
Sonrióme la amada,
y floreció en el alma la ilusión que se ha ido,
y tuve sueños plácidos de corderos que triscan
camino del aprisco,
de soles que agonizan tras montañas azules,
de cristalinos ríos
que arrastran hojas secas
sobre sus ondas suaves como bucles de niño.
Fué en una noche blanca en que las susurrantes
melodías del viento eran largos suspiros;
fué una noche en que mi alma, recostada en tu seno,
admiraba tus formas con mágico delirio;
fué en una hora romántica en que el cielo del trópico
era un arpa encantada, cuyos lejanos cirios
alumbraban unánimes
tu efigie soberana de mayestático ídolo.
Yo pregunté a la luna por los labios febriles
de aquella dulce impúber, santuario del cariño,
por sus mágicos ojos, que cuando me miraban
eran caricias y mimos;
por su boca melosa que en mis largas veladas
se posaba en mi frente a calmar mi martirio.
Me contestó la esquiva amada de los vates
que tú vives muy lejos, que fué tu amor un mito,
que en tu corazón tierno
ha muerto aquel cariño
que hizo feliz un día a tu caro poeta
y dió a sus locos versos un eternal prestigio.