Sus palabras caían como mazos de batán sobre la cabeza de Gluck, que gemía sordamente. Después, cuando ya le juzgó bastante castigado y maltrecho, dió media vuelta y se alejó titubeando aquellas caderas amplias y firmes que parecían destinadas á engendrar una raza superior; Gluck, el Inimitable, quedó apoyado contra la pared, la cabeza sobre el pecho y flaqueándole las piernas, en la actitud de un salvaje herido.

Momentos después, cuando Adriana Carmezza salía á la pista pagando con sonrisas amables los aplausos del público, Nemo y Alsini reaparecieron, trayendo cada uno de ellos un gran ramo de flores. Al verles, volvió á resonar en los oídos de Gluck el apóstrofe de Adriana: «Vete, que no me sirves...» y, enloquecido, les cerró el paso.

—¿Para quién son esas flores?—exclamó con voz que el coraje tremolaba siniestramente:

—Para Adriana—repuso Nemo sin inmutarse.

Los tres hombres se miraron sañudamente: todos se odiaban desde que el Destino permitió que una misma mujer sirviese de norte á sus deseos, y en aquel momento casi se holgaron de tener un pretexto á qué asirse para dar vado á su antiguo rencor. Estaban en un carrejo obscuro abierto entre dos bastidores altos....

—A esa mujer—dijo Gluck,—nadie la obsequia más que yo.

—Quita, payaso—contestó Nemo subrayando la frase con dañina intención.

Pero Gluck, el Inimitable, se precipitó sobre él y arrebatándole el ramo de flores lo arrojó al suelo, despedazado.

—¡¡Al que dé un paso—gritó,—le parto el alma!!

Ni Nemo, el domador de leones, ni Alsini, podían luchar con Gluck, porque al primero le faltaba la fuerza y al segundo el valor; mas en aquel momento la furiosa acometividad del payaso les indujo á unirse en formidable alianza.