»—No me había acordado.

»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro refleja una ansiedad y una alegría).

»Fiscal.—Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.

»—No, señor; juro decir verdad.

»—Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su hermano asesinar á Frasquito Miguel?...

«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto. Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente, se alisa los cabellos).

»—Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo y, de consiguiente, que no sabré explicar...

»—Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á ayudarla.

»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe hablarse á los acusados para empujarles á la sinceridad y á la confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de Vicente López hay asombro).

»Rita.—La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.