La figura enorme de Balzac, que á pesar de hallarse en la ubérrima y gloriosa plenitud de su labor, necesitaba escribir diecisiete y dieciocho horas diarias para pagar sus deudas, es prueba concluyente de que raras veces el libro produce lo necesario para vivir holgadamente. Los novelistas, sin embargo, sienten cierto aristocrático desdén hacia la literatura dramática, á su juicio sobradamente artificiosa y mercantil.
Cuentan que Honorato de Balzac y Alejandro Dumas se encontraron una tarde en la puerta de la Comedia Francesa. Dumas acababa de entregar el manuscrito de La señorita de Belle-Isle.
—Cuando me sienta cansado—dijo orgullosamente Balzac,—escribiré para el teatro.
A lo que Alejandro Dumas repuso, irónico:
—Le aconsejo á usted empezar cuanto antes, querido amigo.
El autor de Antony tenía razón. El teatro, á pesar de esos moldes inquebrantables de tiempo y de espacio en que necesariamente ha de desarrollarse, no es inferior á la novela: es... «otra cosa»; y el radical antagonismo de ambos géneros, si divorciados esencialmente, más separados aún en cuanto concierne á su complexión y arquitectura, impide fijar entre ellos puntos discretos de comparación.
Lo que sí reconozco son las grandes dificultades de la novela, los milagros de penetración filosófica y de arte indispensables para escribir una obra-tipo: una Madame Bobary, por ejemplo. La novela es narración de acontecimientos, descripción de figuras y de escenarios, examen científico, y al mismo tiempo bello y ameno, de caracteres. A un dramaturgo le basta con escribir al margen de su original la siguiente acotación: «Salón elegante.—Es de noche.—Fulana y Zutana aparecen por la izquierda y en trajes de baile...» No necesita añadir más; el resto queda encomendado á la diligencia de los comediantes y del director de escena. Pero el novelista tiene que decirlo todo, y de manera que sus explicaciones, sin pecar de aburridas, sean lo bastante minuciosas para dar al lector la emoción exacta del ambiente ó lugar donde los personajes van á moverse. Alternativamente psicólogo y pintor, su inspiración irá del sujeto al objeto, y viceversa, ora alambicando la germinación y crecimiento de nuestra vida sentimental, ora estudiando las impresiones que el mundo exterior determina en los individuos, y las reacciones amables ó perversas que en éstos produce, según su educación y temperamento. Paisajes, costumbres, caracteres, modos de hablar, antecedentes étnicos, nada cae fuera del vastísimo campo de acción de la novela: género admirable, amasijo exquisito de ciencia y de arte, donde campean, junto á las trascendentes afirmaciones de la sociología y de la medicina, las frivolidades de las nueve musas; obra suprema, en fin, ordenada á reflejar dentro de una inquebrantable unidad todos los colores y todos los rumores, y todos los perfumes y todas las complejidades, sin guarismos, de la vida. Novelar es bucear, inquirir. Una buena novela es un laboratorio. Hablan los personajes, y el autor debe decirnos por qué hablan así, ó lo que es igual, cuáles sean sus sentimientos; y remontándose, habrá luego de explicarnos también por qué sienten de aquel modo y no de otro diferente, lo que inmediatamente le obligará á internarse por las selvas obscuras de la herencia.
Por lo mismo, la inspiración del novelista es eminentemente analítica; su labor capital, faena de clasificación y desmonte.
Esta cualidad, fertilísima, omnímoda y preexcelente dentro del libro, se transforma en enemiga tenaz, á veces invencible, del novelista, cuando éste, sin verdadera vocación, y atraído sólo por las ganancias pingües que suele reportar el teatro á sus mantenedores, trata de encerrar las frondosidades de su fantasía dentro de los prietos moldes de la comedia. La transición es demasiado brusca; su costumbre de avizorar pacientemente en las almas para desmenuzar los móviles de cada sentimiento ó pasión, les vuelve prolijos; sus personajes, obligados á decir todo lo que en el libro los novelistas, aun los más impersonales, acostumbran á explicar por su cuenta al lector, «hablan demasiado»; las escenas van devanándose con lentitud desesperante; los actos «pesan».
La única razón, por tanto, de que sean contados los grandes novelistas que hayan obtenido en el teatro verdaderos triunfos, es una razón de temperamento; porque rarísimas veces suele unirse al vigor analítico que desciende á las causas de todo fenómeno, esa visión sintética que únicamente aprecia los efectos, y que si alguna vez examina su origen, siempre lo hace de soslayo y como al descuido. El teatro es síntesis, refundición, abreviatura: algo que para interesar, para vivir, necesita tener toda la rapidez palpitante de la vida; la intensidad, superficial y compendiosa, del gesto; la pintoresca movilidad de una cinta cinematográfica.