| la faisana | |
| «...Je suis la Faisane | |
| Qui du male superbe a pris les plumes d'or! | |
| chantecler | |
| Vous n'en restez pas moins une femelle encore, | |
| Pour qui toujours l'idée es la grande adversaire! | |
| la faisana | |
| Serre-moi sur ton cœur, et tais-toi! | |
| chantecler | |
| Ja te serre, | |
| Ouì, sus mon cœur de Coq! Mais c'eût été meilleur | |
| De te serrer contre mon âme d'éveilleur! | |
| la faisana | |
| Me tromper pour l'Aurore! Eh bien, quoi qu'il t'en coûte, | |
| Trompe-là pour moi! | |
| chantecler | |
| Moi! Comment? | |
| la faisana | |
| Je veux... | |
| chantecler | |
| Ecouté... | |
| la faisana | |
| Que tus restes un jour sans chanter! | |
| chantecler | |
| Moi! | |
| la faisana | |
| Je veux | |
| Que tus restes un jour sans chanter! | |
| chantecler | |
| Mais, grands dieux, | |
| Laisser sur la vallée, au loin, l'ombre installée?... | |
| la faisana | |
| Oh! quel mal cela peut-il faire à la vallée? | |
| chantecler | |
| Tout ce qui trop longtemps reste dans l'ombre et dort | |
| S'habitue au mensonge et consent à la mort!» | |
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
«Chantecler» es el drama del esfuerzo humano en su lucha implacable por la vida; es el calvario del varón fuerte que, luego de vencer á su rival poderoso y de sobreponerse á las asechanzas de los cobardes que le envidian, encuentra á la faisana, la mujer emancipada, celosa del poder y de los ideales del macho—ideales que no comprende y ante los cuales se siente postergada,—y que sólo á regañadientes concluye por rendirle pleitesía.
El distinguido crítico y académico Emilio Faguet, consigna—y es una observación curiosa que merece anotarse—la escasa intervención que tiene el amor en el Teatro de Edmundo Rostand. Así es, efectivamente. En «La Samaritana» y en «L'Aiglon», v. gr., este sentimiento falta por completo; «Les Romanesques», más que la historia de dos enamorados, es una sátira contra el amor; en «La princesa lejana», la pasión que anima al anciano príncipe es algo abstracto y platónico, casi místico; y en el mismo «Cyrano de Bergerac», no es el Cyrano enamorado, sino el espiritual y heroico, el que predomina.
Algo semejante ocurre en «Chantecler». En vano la faisana tratará de sobreponerse á la voluntad del gallo galán y dictador. «Chantecler» cantará siempre: su clarín es el grito que ahuyenta las sombras de la tierra, y aleja las estrellas sin apagarlas, y llena los campos de matices y echa sobre los surcos la alegría fecundante del trabajo: él es quien llama al sol; él, símbolo de toda actividad, es la llave de oro de la vida...
En estos días, y mientras cuatro compañías francesas se disponen á salir de París para llevar á las principales ciudades de Europa y de América el gran grito lírico de «Chantecler», Edmundo Rostand ha vuelto modestamente á su retiro de Cambo.
Rostand es un ordenado que, como Balzac, escribe de prisa y siempre de noche. A pesar de sus triunfos, el poeta está triste; continuamente se lamenta de su constitución débil, que le impide realizar largos esfuerzos mentales.
—Yo concibo mucho—dice,—pero no puedo trabajar: me canso; por lo mismo, presiento que la mitad de las fábulas y de los personajes que he ideado, morirán conmigo...
Y, aunque trabajase mucho, sería igual. Yo sé que ese dolor que atormenta al poeta no tiene cura: como á todos los grandes, la sed que atormenta á Edmundo Rostand, es sed de Infinito...