—Imposible, señorita—dijo,—¿por qué vamos á perder el tiempo? Usted no sirve para el teatro; está usted demasiado gorda... usted ya no crece...
Hija y madre se miraban consternadas. ¿Qué hacer?... Al fin, la madre, reconociéndose autora única de aquel descalabro, confesó su superchería.
—Todo esto—balbuceaba,—M. Samson... todo esto... ¿sabe usted?... es trapo.
El comediante se echó á reír.
—Pues hágame usted el favor de desnudar á esta señorita—repuso,—y sabré á qué atenerme.
Raquel ingresó en el Conservatorio en 1836, y al año siguiente apareció como primera actriz sobre el escenario del Teatro Gimnasio, y en un drama histórico de escaso mérito, titulado La vandeana. Nerviosa, vehemente, dotada de impetuosidades sobrehumanas, poseedora de una voz capaz de repetir todos los alaridos dantescos de la tragedia, con ella resucitaron las heroínas sangrantes y solemnes de Corneille y de Racine: Cinna, Safonisbe, Andrómaca, Ifigenia... Pero siempre, á despecho de tantos triunfos, persistía en ella el recuerdo romántico de La vandeana, su primer drama, con el que salió de la obscuridad y que, según la frase feliz de Julio Janin, fué para Raquel «La Marsellesa de sus días de hambre...»
La mendiga que bailaba al son de la pandereta bohemia en las calles de Lyón y de París, murió agasajada, envidiada, rica; la que anduvo descalza y alegre por tantos caminos, marchó rápidamente por el de la gloria. Tenía, al finar su vida, treinta y ocho años. ¿Qué actriz, en menos tiempo, habrá subido más alto?
ANTE LA BATERÍA
El famoso actor Edmundo Got habla en sus Memorias del desdichado estreno de La mariposa, obra de Victoriano Sardou, á quien yo conocí septuagenario y con un rostro burlón y astuto, de vieja histrionisa, y que tenía en la época á que Got se refiere un semblante reflexivo y dulce, de institutriz.
La mariposa, como se dice en la pintoresca jerga de bastidores, «se hundió».