Desde entonces su naturaleza quedó resentida: adelgazó, perdió el color, sus ojos se agrandaron, su mirada fué más profunda y brillante, y su carácter adquirió una irritabilidad morbosa. Todo llamaba su atención y de todo se aburría; sus cuadernos de dibujo estaban llenos de esbozos y figuras a medio terminar, y al piano farfullaba seguidamente los trozos musicales más opuestos, sin acabar ninguno: sus labores inconcluídas, la pluralidad de libros que empezó a leer y que rodaban de una silla a otra con las hojas a medio cortar, el desorden de sus conversaciones y propósitos, todo descubría un carácter inconstante, sujeto a crisis nerviosas y a inmotivados accesos de ternura. Pero, como el ataque primitivo no volvió a repetirse, los médicos opinaron neciamente que todo ello desaparecería con los años y el matrimonio, y dejaron que la enfermedad, al parecer dormida, siguiese echando mejores y más profundas raíces.
Dos años después conoció a Sandoval, un muchacho de muy buena familia que acababa de salir de la Universidad, y que, falto de obligaciones y no necesitando de su carrera para vivir, divertía agradablemente el tiempo en viajes o riendo con amigos y pecadoras de buen humor. Aquel noviazgo formó una pareja perfecta: ella de regular estatura, cabello negro y ondeado, ojos soñadores, un poco fruncidos, como los del árabe que explora el desierto; las curvas abultadas, breve la cintura, las manos y los pies aniñados; él, alto, vigoroso, alegre, con el ilusionado corazón siempre propicio a enamorarse de todo lo noble y digno de aplauso. Las relaciones fueron cortas, y tras un viaje de novios más empalagoso que un idilio de Mosco, los nuevos cónyuges se establecieron en un cuartito entresuelo de la calle Arenal. Poco después murió el padre de Consuelo, y la pérdida de aquel ser querido reforzó los lazos que ya la unían apretadamente a su esposo. El idilio de la niñez había terminado y empezaba la novela de la juventud.
II
Jorge Sand dijo que “una mujer no puede amar al hombre a quien considere inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es amistad”. Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución. Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su orientación y su temple.
A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente que, si bien hay mujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas: le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con más violencia.
—¡Ahí viene!—exclamaba corriendo a la ventana.
Y ¡cosa rara! su agudo instinto de mujer enamorada jamás la engañó: había necesariamente entre ellos un flúido que les ponía en relación constante, permitiendo que se buscaran sin verse, por la misma ley magnética que mueve a la aguja imantada a señalar al norte. En lo que Alfonso Sandoval mostrábase absolutamente intransigente era en cuanto a la salud de su mujer concernía: a verla sana y fuerte, aspiraban sus empeños.
—Acerca de esto procederé según mi criterio y mi conciencia me aconsejen—decía—; Montánchez, que, como médico y como amigo, está interesado en curarte, me aconseja evitarte toda clase de malas impresiones, que no te deje llorar ni reír con exceso... y yo, que cumplo fielmente estas cuerdas prescripciones, inmolando muchas veces mi voluntad y mis deseos a tu bien, ¿consentiré que nadie, sea quien fuere, llegue con su imbecilidad a destruir mi obra?