—¡Qué ocurrencia! Mejor es un reloj —interrumpió doña Benita.

—O una sortija —agregó Teresa.

—Tengo sortijas y relojes, Emilia lo sabe: dos relojes que no sirven para nada, porque no andan. ¡Ah! Prefiero el corsé: un corsé recto, elegante, de color malva; un verdadero corsé francés...

Don Higinio intentó defenderse. Él era un temperamento metódico, casero, que quizás no pudiera alterar sus viejas costumbres; echaría de menos su hogar, sus zapatillas, sus trebejos de pesca, sus duelos al dominó, el aliño y sazón que Vicenta daba a los guisos; ¡todo, en fin!... Por añadidura tenía faenas agrícolas que debía dirigir personalmente: siembras, riegos, podas, rotura de tierras...

Hernández le atajó.

—¡Nada, no es cierto, no, señor! ¡Pretextos!... El campo, como la pesca, es para usted un deporte.

A las voces estentóreas de don Gregorio se aunaron las demás. Doña Emilia, su hermana, doña Lucía y doña Benita, rodearon a don Higinio que permanecía sentado, dándole en la cabeza y el cogote amistosos golpecitos.

—¡Sí, señor; tiene usted que marcharse!... ¡Hombre más roñoso!... Y todo por no obsequiarnos...

—¡Si yo estuviese en su pellejo! —repetía don Gregorio.

Los niños gritaban también, estimulados por el ejemplo de las mujeres: desde el quicio de las puertas la servidumbre asistía sonriente a la escena. Perea creyó llegada la ocasión de ceder.