Por dicha, estos prudentes resquemores fueron inútiles. Perea y don Gregorio llegaron a la capital, desayunaron con chocolate y picatostes en el café de la estación, cobraron sus veinte mil duros en hermosos billetes de quinientas y de mil pesetas, almorzaron opíparamente en una taberna, cuya dueña, rolliza y deseable todavía a pesar de los años, fue muy amiga del médico cuando este era estudiante, y, por no dilatar más su ausencia, regresaron a Serranillas en el mixto de las siete y cuarenta. Cargados iban de juguetes: pelotas, cornetas, soldados de plomo, un ferrocarril mecánico, una linterna mágica, un teatro guignol... Y con todo dieron en casa de don Higinio, donde doña Lucía, rodeada de sus cuatro hijos, doña Emilia con los suyos, Teresa, doña Benita y don Cándido, les esperaban. La ovación que la infancia tributó a los expedicionarios fue atronadora; Perea se quedó sordo; hubo momentos en que el techo del comedor, con su magnífica lámpara de bronce, pareció resquebrajarse y venir abajo.
Desde el día siguiente, y fortalecido por su mujer y su cuñada, emprendió don Higinio los prolegómenos de su éxodo. Su primer cuidado fue marcar para su partida una fecha. Con gravedad que disimulaba cierto vago temorcillo interior, había dicho:
—Me iré el sábado...
Y apenas lo declaró cuando lo supo y repitió el vecindario.
«Perea se marcha el sábado...».
Hacia ese día, llamado a ser memoratísimo en la historia de Serranillas, todo se disponía y enderezaba. Antolín recibió órdenes apremiantes de confeccionar dos trajes, un «completo» negro, de americana, y otro de chaquet, color gris. También juzgó prudente don Higinio reforzar el número de sus camisas y encargó media docena a Manolita, la mujer de Pepe Martín, que las aderezaba muy bien. Los calzoncillos se los hacían en casa, no por bajuna tacañería ni ridículo prurito de ahorro, sino porque Teresita sabía cortarlos y disponerlos a maravilla: eran unos calzoncillos, «antiguo régimen», con pretinas bordadas en colores y cintas para sujetar y afirmar las perneras sobre los calcetines. Doña Emilia, en el exiguo vacar que sus quehaceres domésticos la permitían, le repasaba las camisetas y los pañuelos, y como su marido jamás supo anudarse la corbata, pidió al bazar de ropas del señor Feliciano varios lazos hechos. Don Higinio, por su parte, no estaba ocioso: había comprado dos sombreros; un hongo, que debía «rimar» con el traje de chaquet, y otro blando, color perla, para ponérselo con su «completo» de americana. También mercó un baúl: un legítimo cofre lugareño de recia tablazón, blindado de hojalata amarilla y con cantoneras azules de metal, que vacío pesaba los treinta kilos de equipaje que las Compañías ferroviarias otorgan a cada viajero.
Aquel baúl, abierto siempre en medio del dormitorio de don Higinio, parecía una boca. Con la preocupación de cuanto habían de meter en él, nadie se acordaba de cerrarlo, y su tapa erecta tenía la elocuencia de una amenaza. Acarreados por Teresita y doña Emilia, los calcetines de hilo de Escocia «para vestir», y los de lana para el reúma; las camisetas rusas, densas, blandas, capaces de resistir los fríos polares; los calzoncillos de abigarradas pretinas, la media docena de camisas que Manolita había traído, los pañuelos... todo iba desapareciendo en la panza insaciable del cofre. La flamante ola blanca crecía. En la mañana del jueves, dos días antes del señalado para la partida, se vio que el baúl era pequeño y fue necesario cambiarlo por otro mayor.
Entretanto llovían sobre Perea recomendaciones y encargos: hubiera podido llenar un cuaderno de solicitudes. Todos sus amigos querían algo de París: para don Gregorio, una escopeta; para doña Lucía un corsé del Louvre; para doña Emilia, un abrigo de pieles. Teresa deseaba un reloj; doña Benita, un sombrero; don Cándido, un tratado de Química vegetal y algún pisapapeles o cachivache artístico con que adornar su mesa de trabajo; Julio Cenén le pidió una pitillera con algún desnudo en esmalte que ruborizase a las muchachas; el cura, don Tomás, quería unos espejuelos; el notario, don Jerónimo Arribas, una pianola; don Justo, el dueño de la fonda, una motocicleta. Hubo quien le encargó un juego de ajedrez...
Cansado de no hallar en el Casino un momento de tregua, don Higinio hacia frecuentes escapatorias al campo. Allí respiraba. Iba despacio, mirando a todos lados detenidamente, cual si en vísperas de emprender un viaje que estimaba larguísimo quisiera despedirse con los ojos de aquellos paisajes familiares, y si saludaba a alguien deslizaba en su reverencia una suave melancolía de «adiós». Bajo su grasa, los pruritos aventureros de su niñez se desentumecían cautelosos. Antaño su alma quimerista se fue muchas noches de fiesta, mientras su pobre cuerpo, aburrido y esclavo, quedaba en casa; pero ahora iba a ser él, tanto o más que ella, quien saliese a rondar. ¡Aquel premio, aquella fuga a París!... ¿Qué lances el Destino le tendría reservados? Hasta sentía miedo; se acordaba de la pantera dantesca:
Nel mezzo del cammin di nostra vita