Era un payo cuarentón, de talla vulgar, metido en carnes, con el lleno y rasurado semblante canonjil sombreado por una boina vasca. Su empaque cándido interesaba; era lento, redondo, suave, y corregía su rusticidad la nostalgia inteligente de sus ojos apaciguados. Al caminar balanceándose sobre sus piernas un poco abiertas, los flecos de la manta con que de noche se abrigaba los hombros, barrían el andén.
Juan Pantaleón tenía su historia, y en ella una desilusión y una lágrima: una historia humilde, a la vez cómica y triste, como un cuento de Daudet.
De pequeño cantaba en las iglesias; su voz dulce, vibrante, de tenor, llenando desde las alturas del coro la oquedad armoniosa del templo, distraía la devoción rezadora de las mujeres; las más jóvenes levantaban la cabeza para mirar... Y Juan Pantaleón, que apenas escribía su nombre, quiso cambiar la iglesia por el teatro, ser artista. El tábano de la codicia le picó cruelmente; fue un derramamiento alborozado de orgullo que, a no exteriorizarse, le hubiera enloquecido. No sabía música, pero su memoria auditiva era excelente: tonadilla que oía repetíala inmediatamente sin vacilaciones, y fiado en esto emprendió la lucha. La farándula cascabelera le llevó consigo muy lejos, de pueblo en pueblo, sobre las carreteras polvorientas de la Mancha y de la vieja Castilla; a veces de meritorio, otras con un jornal miserable.
Pero Juan Pantaleón era dichoso: las piruetas del vivir errante, la existencia de bastidores, la alegría de los afeites, el prestigio versallesco de las pelucas blancas, la policromía grotesca de los trajes que se endosaba para salir en el coro, distraían su impaciencia ambiciosa. Transcurrieron varios años y siempre igual: comiendo malamente hoy, ayunando mañana, y, entretanto, la desaprensiva juventud que se va, el corazón que se enfría y depone su optimismo, los pies que olvidan el regocijo de caminar... Hasta que Juan Pantaleón perdió definitivamente aquel funesto hilillo de voz que a tan descabelladas andanzas le había llevado, y sintiendo por primera vez el imperio aplastante de la realidad, sus pobres ojos vertieron llanto amarguísimo sobre la esperanza muerta. Tespis le despedía de su carreta: ya nunca iría a Madrid, Eldorado de su alma ingenua; jamás los periódicos hablarían de él. Roto, afónico, sin oficio, regresó a Serranillas, su pueblo, donde los caritativos oficios del alcalde y de don Tomás Murillo, el cura, lograron emplearle en la estación. Catorce pesetas semanales tenía de jornal.
Allí le conoció don Higinio. No obstante su derrota y el total hundimiento de su pasado, Juan Pantaleón mostrábase contento. El trabajo era corto, las responsabilidades de su cargo, poco graves; bastante más comprometido veíase el guardagujas que custodiaba la boca del túnel. Mientras él podía leer periódicos y vivir sobre el andén, cerca de aquellos trenes que, viniendo de muy lejos, tenían para su imaginación andariega una elocuencia poderosa. En esos expresos de lujo que ora están en Lisboa, ora en Berlín, viajan los artistas que un tiempo fueron «sus hermanos»: los músicos célebres, los tenores millonarios, bellos y famosos, las grandes divas de renombre mundial...
Por lo mismo, Juan Pantaleón no siempre arrojaba al viento de igual modo el nombre de su pueblo:
—¡Serranillas... dos minutos!...
Si el convoy que salía de las tinieblas del túnel era un mercancías, el antiguo artista apenas se molestaba en lanzar su pregón. ¿Para qué? En los mixtos las personas adineradas y distinguidas no viajan, y él, Juan Pantaleón, no se incomodaba por la muchedumbre de tercera clase. El trabajador, el campesino, los «sin patria», a quienes importase el nombre de aquella estación, podían preguntarlo. En cambio, cuando el tren era un rápido, uno de esos grandes expresos internacionales que llevan y traen a los reyes del dinero y del arte, Juan Pantaleón no decía el nombre de Serranillas, sino que lo cantaba, alargándolo, modulándolo amorosamente, cual deslizando una lágrima de su alma triste entre aquellas cuatro sílabas melódicas y amadas:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
La i estirada, interminable, que alternativamente bajaba o subía con raros acrobatismos musicales, era algo lancinante, muy personal, muy hondo, que nadie comprendía. En el frío silencio nocturno, ante la impasibilidad de los vagones herméticos, oscuros, impenetrables como ataúdes tras el misterio de sus cortinillas corridas, Juan Pantaleón lanzaba al espacio su grito de costumbre: