—¿Así que, mañana, don Higinio?
—Sí, hombre, todo llega, mañana. ¿A qué hora pasa el rápido?
—A las nueve y cuarenta y cinco de la noche. ¡Quién pudiera irse en él!
Fue una lágrima disuelta en una exclamación. Sin poder contenerse, atropellando distancias y categorías, Juan Pantaleón dio su mano callosa a don Higinio. Ante el alborozado sobresalto del viaje, sus almas se acercaron, fraternizaron; era «un compañero». Don Higinio, que nunca le había dicho «adiós» a nadie, salió de la estación conmovido. Iba alegre, aunque su ufanía disimulaba una tristeza; su emoción recordábale historias de políticos desterrados que él antaño leyó; ahora, que se expatriaba, comprendía el dolor de aquellos hombres al pasar la frontera.
Perea comió poco, no tenía apetito, la inquietud llenaba su estómago como un manjar fuerte. Inútilmente procuraba mantener la conversación; su espíritu no estaba allí; entre bocado y bocado o de un plato a otro, quedábase suspenso, la rubia empanadilla de escabeche o el trozo de pollo clavados en la punta del tenedor. Doña Emilia, que le avizoraba atenta y se imponía a él con ese ascendiente que las voluntades activas ejercen siempre sobre las mollares, indecisas o perezosas, se lo reprochó. ¿En qué diablos estaba cavilando?...
—¡Nunca —exclamó— has hecho tantas bolitas de pan!
Por la noche, ya acostados, la esposa sufrió la angustia de la separación que iba acercándose, y su pena tuvo acentos de simplicidad infantil. El alma de la mujer es exagerada y primitiva; los tonos medios de la pasión se dan en ella confusamente; cuando no es niña, es madre.
—Te cuidarás mucho, Higinio —decía—, te cuidarás mucho, ¿verdad?
—Sí, mujer.
—Te abrigarás bien y no te asomarás a las ventanillas del vagón, ni te apearás en ninguna estación hasta que el tren esté quietecito...