—Yo iba a enviarle a usted un segundo recado —dijo don Cándido—; pero estos demonios se opusieron.
Hernández rectificó, dando una gran voz.
—¡Alto! Quien se opuso fui yo; estos señores nada dijeron; me opuse porque conozco a Perea: es un mátalas callando con quien, en ciertos días de la semana, no se puede contar. ¿Es o no verdad?...
Todos rieron de bonísima gana, porque en aquellos momentos de sincero optimismo aun las frases más triviales sonaban a agudeza y donaire. Don Higinio rio también, moviendo la cabeza a un lado y otro, como si intentase objetar algo, muy colorado y mirándose los chanclos. Estaba contento; una atmósfera de cordial amistad le envolvía. Don Cándido le sirvió un segundo vasito de coñac.
—Tiene usted que beber de prisa para alcanzarnos, le llevamos mucha ventaja.
Como le temblase el pulso y no consiguiera escanciar limpiamente, Hernández le arrebató la botella.
—¡Eche usted sin miedo!... ¡Canastos, estos boticarios son unos miserables! ¡Todo lo dan por gotas!
Gutiérrez y Arribas intercedieron:
—Pero si a Perea no le gusta beber... Este coñac tiene muchos grados.
Aquella intromisión piadosa picó la vanidad de don Higinio.