Ida.—Como no te sentimos llegar... (Recobrándose.) Nuestro amigo me contaba el argumento de una película.
Don Alfonso.—En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un momento a visitarla; ¿quieres?...
Ida.—(Levantándose.) Sí, sí; hiciste muy bien.
Don Alfonso.—(A su amigo.) Estaremos de vuelta antes de que usted se marche a cenar.
El señor del clavel encarnado.—Muy bien... (Saluda.)
El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a la vez, tal que dos saetas, en el corazón.
XIX
Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y Feria—célebres en el mundo—llevaban a Sevilla. A diario los trenes de todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos informábamos del tráfico.
—¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...
—Lleno—respondía una voz.