—Hora de darme un beso.

Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:

—Oye... ¿qué hora será?...

Y don Rodrigo:

—Hora de darme otro beso.

Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:

—¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...

El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:

—Bésame—suspiró—; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más hora que ésta; la de besarnos...

Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...