Entre los piscicultores hay algunos que consiguen así salvar de toda desgracia á la morralla que ha de transformar en pescado de peso. En presencia de su éxito, ¡qué triste recuerdo de las cosas humanas se despierta en nosotros pensando en los miles de criaturas, bien constituidas para llegar á hombres, que perecen todavía en la cuna! Es cierto que los niños recién nacidos ó ya de algunos años están más ligados á nuestro corazón que el salmonete y la trucha, pero no por eso deja la muerte de llevárselos á miles también. Nuestros hospicios para la infancia, bastante más preciosos que todos los establecimientos de piscicultura, no son frecuentemente otra cosa que el vestíbulo del cementerio. Los huevos de la tenca ó del barbo, lo mismo que los de otros peces más exquisitos, son para nosotros menos preciosos que los niños confiados á la sociedad por la desgracia y la miseria, y menos dignos de nuestra defensa contra las asechanzas de la muerte.

Si alguna vez se llega á domesticar completamente el pescado de agua dulce y suministrarlo á voluntad para la aumentación pública, será ciertamente motivo de júbilo, puesto que todas las vidas inferiores se emplean aún para alimentar la del hombre; pero no se podrá evitar el recordar con tristeza el tiempo en que todos nadaban en completa libertad. Contemplando las corrientes de agua regularizadas y reducidas á cajas cuadrangulares, donde los peces se engordan como esclavos, nuestros descendientes pensarán con cierta tristeza en nuestros arroyos libres todavía. Lo mismo que á nosotros nos encanta el relato de la vida salvaje en la selva virgen, lo mismo sentirán ellos el encanto cuando se les hable del libre arroyo, donde multitud de peces errantes remaban contra la corriente, retozones y alegres, con sus aletas y cola, ó del pez solitario que atravesaba la corriente como un rayo de luz apenas entrevisto, ó bien de las hierbas flotantes estremecidas constantemente por las ocultas multitudes que las poblaban. Comparado con el guarda del criadero de pescado, el pescador actual, sentado bajo la discreta sombra de un árbol, les parecerá una especie de Nemrod, un héroe de remota antigüedad.

CAPÍTULO XV

#El riego#

Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no será la de ser una fábrica de carne viva. El agua que entra en tan grandes proporciones en todos los organismos, plantas y animales, no cesará de emplearse, como actualmente se hace, en alimentar el mundo vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el arroyo, el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo, hincha de savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así indirectamente á la alimentación del hombre por tubérculos, matas, hojas, frutos y simientes. En el trabajo agrícola es donde principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la humanidad.

Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus vientos y la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del planeta», el agua del arroyo es el principal agente de renovación. Por el amor inmenso que hacia todo cambio sentimos, escuchamos con satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo, aquellos de nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles leyes no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las Mil y una noches, se complace nuestro espíritu viendo cómo los genios se convierten en vapor y los monstruos nacen de un reguero de sangre; nos gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo los aspectos y formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente del desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos en marcha.

En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los viejos cantos indostanes, lo lo que más nos seduce son las transformaciones de la piedra y de la hierba, del animal, del hombre y del dios, símbolos primitivos del encadenamiento infinito de la vida en el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla de seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y apolillados lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos, cuando ya está convertida á medias en grupo de cañas, Procrios echando raíces para convertirse en álamo, ó la ninfa Byblis fundiéndose en llanto, para correr eternamente en forma de fuente!

Pues bien; cambios parecidos á los que inventaron la imaginación de los pueblos en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de realizarse en el gran laboratorio de la naturaleza; sólo que se efectúan por un lento trabajo interior, por transición gradual de vida y de muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos milagros. La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.

Parece á primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras plantas que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los márgenes, aspirando la humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor por sus hojas, es bastante más viva y alegre; las parras salvajes, los álamos blancos y el temblón con sus hojas de plata constantemente estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos, hinchadas de jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la savia que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y multitud de arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más pequeño espacio vacío se puebla inmediatamente de plantas deseosas de aproximarse al arroyo bienhechor. Pero el agua realiza también su obra lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía, extiende su vivificante frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y penetra en el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea se propaga y se extiende á lo lejos bajo las capas superficiales del suelo de los campos, y durante las grandes crecidas, las aguas desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad y suministran así los elementos de vida á la multitud vegetal.

El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos medio cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la propiedad; los árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen en el agua fangosa la extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos socavan el suelo donde crecían hermosas cosechas. Hasta los bordes del lago temporal, todos los surcos abiertos por el arado, se convierten en otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la corriente largas estelas paralelas.