El trabajo de nuestros madereros de Europa es mucho más penoso. La tala gradual de los bosques de la llanura les ha obligado á continuar su industria en los accidentados desfiladeros de las sierras. En vez de dejarse mecer dulcemente por el curso tranquilo de una corriente sinuosa, es preciso disciplinar el salvaje torrente, refrenar ese monstruo furioso deteniéndolo unas veces y activando su corriente otras. El peligro les amenaza á cada instante, y si muchas veces salvan su vida, no es más que por la fuerza, la agilidad y un continuo heroísmo. El paraje mismo donde trabajan, tiene en sí algo de terrible; no durante el verano, cuyo ardiente sol dora las hojas de los árboles y hace sonreir hasta el horror de los precipicios, pero en el otoño, cuando las nubes pasan corriendo por encima de los sombríos barrancos y dejan en las cimas de los montes sus jirones como gigantescos lienzos rotos, y el viento, ya helado, penetra con estruendo en los estrechos valles, produciendo un prolongado ruido de trueno que repercute á lo lejos.
Luego, la nieve se extiende sobre las alturas, y, con frecuencia, la niebla que sube por la pendiente del monte, deja tras sí un triple fenómeno de tristeza; en lo más alto ha teñido de blanco el obscuro bosque; más abajo, un color gris de agua y de nieve, y en las gargantas de la sierra lluvia fría y abundante. No obstante, en la glacial atmósfera los cortadores de madera sudan á chorros porque manejan el hacha y cada golpe descargado sobre el tronco del árbol, pone en movimiento todos sus músculos. En lucha con el enorme pino, que desde muchos siglos vivía libremente en las faldas del monte, se sienten poco á poco poseídos de ese furor que se apodera siempre de los hombres consagrados á destruir otras existencias. Como el cazador persiguiendo su presa, como el soldado dedicado á matar á sus semejantes, el cortador de árboles enloquece en su obra de destrucción porque siente tener ante sí á un sér vivo. El tronco gime por la mordedura del acero, y su lamento se repite de árbol en árbol por todo el bosque, como si participaran de su dolor y comprendieran que el hacha se volverá contra ellos también.
Por fin, el pino cae pesadamente sobre el suelo, rompiendo en su caída las ramas de los árboles vecinos. Los leñadores rodean al coloso caído; cortan las ramas y las extremidades flexibles, y luego, cuando está limpio el tronco, lo arrastran por las vertientes que rayan los flancos del monte y por las cuales corren las piedras desprendidas y las nieves fundidas en la altura. Cientos y á veces miles de palos se aproximan sucesivamente cerca del precipicio con objeto de que un simple empujón baste para lanzarlos rodando por la pendiente.
Cuando todos los preparativos están terminados empieza el arrastre: los troncos se ponen en movimiento por el plano inclinado; al principio lentos y luego, con velocidad creciente, terminan su carrera en rapidez vertiginosa, y, embadurnados de barro y despojados de su corteza, arrastran en la caída tempestades de piedra para ir á parar al lago de agua que se ha formado por un azud, al pie mismo de la pendiente. Generalmente, los árboles caen así, sin detenerse, pero á veces la extremidad saliente de una roca ó una punta de palo clavado en el suelo, contiene la avalancha en su descenso; entonces es preciso que un hombre baje y, con exposición de su vida, pone en movimiento nuevamente los troncos detenidos.
Por fin, todos los maderos, más ó menos enteros, se reúnen en el lago artificial; amontonados unos sobre otros, se mueven débilmente por la presión del agua. Como animales cansados que el pastor acaba de encerrar en el parque, descansan los troncos, esperando el momento de ponerse en marcha. Nada más extraño durante la noche que ver el espectáculo de esos grandes monstruos tendidos y reflejando luz por los rayos de la luna.
Una mañana, todos los maderos bajados del monte, se han agrupado sobre la piedra del desfiladero, al lado de la barricada que contiene las aguas del lago, y sobre la cual cae el agua sobrante en débil cascada. Los troncos de pino, los pies derechos y contrafuertes que sostienen sólidamente el dique, se retiran con cuidado; luego, á una señal, la traviesa que servía de cerrojo á la enorme puerta, es precipitada al fondo, la compuerta se levanta y la masa impetuosa del agua corre con furor hacia la salida que le acaban de abrir. Levantada del centro para salir por el orificio en columna poderosa, se precipita en cataratas para convertir en río tumultuoso el tranquilo arroyo que corría sin ruido por las profundidades del desfiladero. Pero el nuevo río no corre solo; arrastra con él toda la madera amontonada en el depósito lacustre. Los troncos se dirigen hacia la salida como enormes reptiles; se chocan, ruedan y saltan; luego, inclinándose por la cascada, se juntan y dan vueltas, enseñando á través de la espuma las rojas manchas del hacha, y desaparecen un instante en el abismo para surgir más lejos en el hervor del agua, y resbalarse oscilando sobre la corriente rápida. Así se suceden en una serie de inmersiones los troncos que no ha mucho se balanceaban en el bosque, produciendo murmullos que eran la voz del monte. Todos los ruidos aislados se pierden en el estruendo de ese lago y esa selva que desaparecen juntos por el sonoro valle.
Lanzados por la fuerza de proyección del gran depósito, los troncos corren precipitadamente unos tras otros, y detrás de ellos, por el pedregoso camino que baja serpenteando por la ladera, corren los leñadores. Marinos á su modo, tienen que dirigir la navegación de la flotilla de madera. Al principio les basta con seguir á lo largo del torrente, pero muy pronto es necesario que intervengan directamente, y entonces los intrépidos compañeros necesitan todo el vigor de sus agudos ganchos, toda la agilidad de sus brazos, toda la habilidad de su mirada y toda la energía de su voluntad. Si un palo se detiene dando vueltas en un remolino, un leñador lo ha de sacar de la atracción del torbellino; armado de su bichero salta de saliente en saliente hasta llegar al margen del agua con grave peligro de caer en el círculo líquido; se deja entonces caer hasta cerca del agua, casi suspendido de una fuerte raíz, y con su gancho, empuja al tronco hacia el hilo de la corriente haciéndole salir del círculo fatal. Más lejos, otro tronco ha sido cogido entre el promontorio y una anfractuosidad de la piedra, y, aunque vibrando por la presión del agua, no puede continuar su camino. El leñador tiene que penetrar en el arroyo con agua hasta la cintura y coger por una extremidad la viga para lanzarla al medio del arroyo. En otra parte, un tronco se ha atravesado en el cauce, deteniendo como un dique todas las maderas que bajan. Se forma una presa, presa irregular y graciosa que aumenta sin cesar con todos los troncos que arrastra la corriente. Allí es donde los conductores del convoy tienen que desafiar la muerte cara á cara. Las aguas, detenidas por la barrera, aumentando su nivel y salvando los obstáculos, se desbordan en cascadas; el torrente, fuera de su curso normal, se lanza en repentinos y gigantescos borbotones; los monstruos se agitan convulsivamente haciendo temblar y gemir su madera. A este caos movible tiene que atacar con denuedo el conductor de la armadía. Los valientes leñadores se han de lanzar sobre ese andamiaje engañador que tiembla bajo sus pies; uno á uno tienen que arrancar todos los troncos superiores y hacerlos rodar por encima del dique á la parte libre del arroyo, pero bien un palo medio libre se levanta de improviso, ó un pie resbala sobre la madera lisa y mojada, ó un salto de agua, un remolino repentinamente formado viene á chocar contra la madera donde él flota, ó un palo caído en la corriente salta hacia los leñadores, y algunos de ellos, lívidos y sangrientos, flotarán también en compañía de los muertos pinos, por el río abajo; los que á fuerza de energía, destreza y suerte, escapan de todos esos peligros, los que desde el bosque á la serrería saben conducir la flotilla de pinos sin tener ninguna desgracia, tienen motivos para creerse afortunados; pero que esperen semanas y meses porque el cortejo de las enfermedades les sigue con paso incierto.
Algunas veces sucede que son vanos todos sus esfuerzos para conducir los pinos á la serrería que los ha de cortar; el agua falta en el arroyo, y contra todo el ingenio y la fuerza de los trabajadores, no pueden conseguir que floten las pesadas masas que se detienen en todas partes, sobre los bancos de arena, sobre las piedras del fondo y sobre las puntas de las rocas. Tienen que esperar la crecida que ponga en movimiento los troncos atascados; pero entonces, éstos, arrastrados demasiado pronto y demasiado rápidos, suelen salvar las márgenes y se van á lo lejos á correr mundo, á pesar de los obreros que los miran codiciosos al pasar. En las desembocaduras de los ríos que bajan de los Apeninos al Mediterráneo, multitud de pinos, sorprendidos de repente por la inundación, van á perderse en el mar y convertirse en islas flotantes que los marinos extranjeros toman por escollos. Los barqueros que se lanzan en busca de los troncos extraviados, van á pescarlos como cachalotes, y los conducen atados á la popa de sus barcas.
Más ó menos pronto, esta industria de armadía, actualmente relegada á los más lejanos é inaccesibles montes, dejará de existir. Las carreteras y caminos de fácil tránsito, van subiendo desde los valles hacia los mas inaccesibles promontorios, y llegarán á sitios los más elevados de los montes; los caminos de hierro y todas las poderosas máquinas inventadas, vienen á ponerse también al lado del leñador para facilitarle su tarea; los bosques combatidos por los agricultores, se baten en retirada hacia las altas cimas, y allí donde se mantengan, donde conquisten extensión, tomarán un aspecto nuevo, porque los árboles en vez de crecer en libertad, se plantan en todas partes á distancias regulares y crecen bajo la vigilancia de guardabosques que los cortan antes de la edad.
Nuestros descendientes no conocerán más que por tradición la flota de armadías, rudo empleo de la navegación, que sin duda inspiró á los salvajes ascendientes de Cook y de Bougainville la idea de aventurarse sobre las olas del océano. Disciplinadas en lo sucesivo las aguas del arroyo, ni siquiera nos servirán para transportar á nuestras poblaciones astillas y leña para el fuego.