Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un lecho de arena.
Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.
Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio, vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío, mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo, ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de las rocas.
Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros. Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor, parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos contra las rocas.
CAPÍTULO VI
#El barranco#
Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen á unirse el ruidoso torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el agua apacible del manantial, vemos á derecha é izquierda sucederse los valles, diferentes unos de otros por la naturaleza de sus terrenos, su pendiente, el aspecto que presentan y la vegetación, distinguiéndose además por el caudal de aguas que aportan al cauce general del valle.
Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente de piedra en piedra para sumarse á la bastante considerable cantidad de agua del arroyo, se abre un barranco de rápida pendiente y seco con frecuencia. Es probable que este barranco, formado por la depresión en un suelo poroso, esté sobre el cauce subterráneo de un arroyo permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente de agua después de chubascos tempestuosos ó de grandes lluvias. Como todos los pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central, pero tributario intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo, porque paseándose sobre su seco cauce, se puede estudiar detenidamente la acción del curso de las aguas.
Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y que el tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea sobre la ribera del barranco. Es verdad que las ramas de espino, plantadas por el campesino avariento, prohiben el paso; pero el humilde obstáculo, simulacro del temible dios Término, no tiene nada de terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal vez por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de año en año. Sería, pues, fácil remontar el barranco en su largo curso sin tener necesidad de servirse de las manos para salvar los accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la naturaleza y la quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los primeros pasos se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva de la desembocadura le oculta el arroyo y los verdes prados que riega; por delante, el horizonte se limita bruscamente por una serie de gradas que el agua salta en pequeñas cascadas después de la lluvia; por encima, las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y entrelazan formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce casi subterráneo.
Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo á algunos pasos de los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado á trazarse un camino por entre las piedras y la maleza, no lejos del honesto burgués que se pasea plácidamente contemplando sus cosechas. A cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la forma del lecho cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando de un modo extraño.