Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos permiten imaginar cuales han sido las grandes alternativas de clima y las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos revelan esos escombros, vemos á nuestra montaña y á las vecinas erguirse á mucha mayor altura que la actual. Sus vértices dominaban las más altas nubes, y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como nieve ó como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus círculos de pastos, las verdes cañadas, las vertientes llenas hoy de bosques, estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada aparecía aún en el valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, ni lagos. El inmenso río helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas las depresiones, y después, al salir de los alfoces, se extendía á lo lejos, en la llanura, dominando cañadas y cerros. Tal era, en tiempo de nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaña cargada de hielo: los tataranietos de nuestros hijos, que vivan en la indefinida lontananza de los siglos, verán cuadros completamente distintos. Tal vez entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar arroyuelo humilde, ni que quede otra huella de aquél que una ligera convexidad del terreno. La actual llanura, transformada por los cambios de nivel, habrá producido montes que gradualmente se irán elevando.
Y mientras pensamos en la historia de la montaña y su ventisquero, en lo que fueron y en lo que llegarán á ser, sale el torrente, susurrando, de los hielos y vase por el mundo á contribuir á la labor de la renovación continua de la tierra. El agua, blanquecina ó lechosa por las innumerables moléculas de roca triturada que lleva en suspensión, no es más que el mismo ventisquero, que ha pasado súbitamente al estado líquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa sólida, con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas sus grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro murmullo entre las flores. Uno de los más curiosos espectáculos de la montaña es esta brusca aparición del arroyo que durante todo el curso por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentándose con los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bóvedas. La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de forma según los derrumbamientos ó la fundición del hielo: no obstante, es fácil penetrar á cierta distancia en la gruta y admirar sus estalactitas, sus paredes translúcidas, su azulada luz, sus cambiantes reflejos. Lo extraño y vago del espectáculo, la emoción que sobrecoje el alma, le hacen creer á uno que le han conducido á lugar sagrado. Tres veces, mil veces benditos se creen los peregrinos indios que, después de haber llegado á las fuentes del Ganges, se atreven aún á penetrar bajo la tenebrosa bóveda de donde brota el río santo.
Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los torrentes del ventisquero á la llanura el agua fecundante y los barros de aluvión, que provienen del enorme taller triturador que funciona incesantemente bajo el ventisquero. Durante la estación del frío en nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con más frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ríos, hállase más apretadamente el ventisquero. Se adhiere por todas partes á la bóveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella más que una tenue corriente, á veces se cierra enteramente y ni una gota de agua baja de la montaña. Pero á medida que vuelve el calor y la alegre vegetación pide mayor cantidad de agua para sus hojas y sus flores, á medida que se hace más activa la evaporación y tiende á bajar el nivel de los ríos, aumentan los torrentes glaciales, parecen ríos temporales y proporcionan la necesaria humedad á los campos sedientos. Así se establece utilísima compensación para la prosperidad de las comarcas regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte. Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente, los torrentes de la montaña llevan muy escaso caudal líquido, pero se desbordan en cambio, cuando las otras corrientes de agua están casi secas. Gracias á ese fenómeno de compensación, conserva cierta igualdad el río al cual van á parar todas las diversas aguas.
En la economía general de la tierra, el ventisquero, inmóvil aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento de regularización. Es raro que introduzca algún imprevisto desorden en la naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero lateral, empujando un largo muro de escombros ó adelantándose á través de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y forma así un lago incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho tiempo á la presión de la masa líquida, pero á consecuencia de una fusión considerable de nieves, de un retroceso del ventisquero, ó de desmoronamientos lentamente producidos por las aguas, puede ceder de pronto la barrera de hielo y peñascos. Entonces se convierte el lago en alud terrible; mezclada el agua con piedras, témpanos y todos los restos arrancados á la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior; arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa las habitaciones, desarraiga los árboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las praderas, como lo haría la reja de un arado inmenso, las arrolla al pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre en los valles que la inundación recorre, y transmítese su relato de generación en generación.
Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo porvenir en los países civilizados, porque las amenazadas poblaciones cuidan de precaver el peligro abriendo subterráneos de desahogo para los depósitos lacustres que se forman detrás de un dique movible de hielo ó de piedra. Previstos así sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la estación más temible por la sequía, las renueva con aluviones de tierra vegetal fresca aún y con todos sus elementos de nutrición química. El ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene billones de metros cúbicos; pero ese lago, suspendido en las laderas de los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte, contribuye no poco á la vida y á la fecundidad de la tierra.
CAPÍTULO XIV
#Los bosques y los pastos#
Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el caudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetación hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante para alimentar á su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muy superior, por el número de las especies, á la flora de igual extensión en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del cuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo el magnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las fragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundancia del agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicas producen en la vegetación.
En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas y follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y después verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: véase aquí únicamente ranúnculos, anémonas ó prímulas que brotan formando ramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea del gracioso y poético narciso, ó al vivo color del azafrán, que es flor desde la raíz hasta la corola.
Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y en otras partes florecillas blancas y azules, rojas ó amarillas, se multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color á toda la pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer qué especie de planta domina en la pradera, á medida que la nieve retrocede hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman parte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los árboles frutales, después de haberse librado de la nieve del invierno, se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas y diversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un día á otro, parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso de terciopelo y seda. Poco á poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de bosques y de malezas; escala cañadas y barrancos para conquistar las quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado y alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por su contraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes. También ellas participan de la primaveral alegría.