Él dijo que volvería y ella le aguardó. Interrogó al horizonte todas las mañanas; sintió caer todas las horas de cada día, todas las desesperanzas de cada año, y el amado no volvió más. Pero ella le esperará siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos de niebla.

Y cruza sus manos pálidas de monja sobre el raso litúrgico de su traje. Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votos de santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que las largas vigilias, huérfanas de besos, han florecido en sedeñas ojeras violeta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y extática, donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda ideal la sigue intensamente, quizá comprendiendo que la aproximación del otoño tiene para ciertas almas un melancólico valor emblemático.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba la carátula ridícula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda con llanto de regocijo los días buenos en que él fué don Juan y Manfredo, Sullivan y Don Álvaro.

Estos héroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entre bambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivir menesteroso, a cuyas puertas solía llamar el Hambre con su puño espectral. Después, el aguardiente y los años han abatido el tórax que se irguió enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Díaz, se abatió en curva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentables aulas de picardía y de dolor que están siempre abiertas en las aceras de la corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes inválidos de cuerpo y ulcerados de corazón, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejas meretrices, traductores, poetas vitaliciamente inéditos, todas las almas en sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, del amor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo de lágrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hay un arbolillo triste y torcido y un balcón con flores, y en donde en la hora dulce del crepúsculo suena acaso un piano tocado por una bella y desconocida mujer, de lentas y melancólicas melodías, a las que las almas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su íntimo dolor.


Las paellas de un revolucionario

TODOS sabéis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidable socavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melancólica silueta quijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. ¿Qué había un mitin de cigarreras? Barriobero a la cárcel. ¿Que algún orondo cacique se levantaba dispépsico? Metamos a Barriobero en chirona. La tranquilidad del respetable vulgo reclamaba que el peligroso anarquista estuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y a veces resultaba una admirable combinación económica para Barriobero... porque en la calle, los comestibles habían decidido trasladarse a Saturno.