Pero, ¡ah!, la factura de sus novelas será muy notable; mas no tanto como la de aquellos arroces, dorados y humeantes, devorados fieramente, bajo el alegre cielo madrileño, en amable cordialidad, en aquellos buenos días que retornan del fondo de lo pasado perfumados de alegría y de juventud.
Perdonadme, respetables señores, estas fugas sentimentales y pintorescas.
Al contaros estas minucias, yo gozo reviviendo el encanto de los viejos días, y me parece, además, que ningún hombre serio dejará de reconocer el trascendentalismo de estas cuestiones de culinaria. Yo creo que si Luis XVI hubiera convidado a comer a Marat, tal vez hubiera evitado la Revolución francesa; las lentejas y el cocido cotidiano han hecho más revolucionarios que todos los libros de Kropotkine.
Así, pues, reconozco que Barriobero tiene talento, que tiene bellos chalecos de terciopelo y una gran colección de pipas; confieso que es un gran orador, un novelista sagaz y un famoso abogado. Pero yo, francamente, le prefiero y le admiro mucho más como confeccionador de paellas a la valenciana.
¡Qué queréis! Soy un Aquiles vulnerable por el estómago.
La noche
LA noche es la suprema aristocracia. La noche es una dama misteriosa, como Ligeia, como Eleonora, las mujeres litúrgicas, transparentes y ultraterrenales de Edgardo Poe. El día es un poco plebeyo con tanto escándalo de sol, con tanta greguería ramplona.
¡Noche! Viciosa querida bohemia, como una alta dama que va a la busca de emociones raras entre los hampones y las busconas. Todos tenemos una querida ideal, cuya mascarilla en vano buscamos entre las mujeres de la tierra. ¡Un alma de mujer, como un cáliz de oro, donde verter el licor musical de nuestro corazón en esas horas tristes en que la emoción se desborda!
La Musa de la Noche tiene para mí todos los magos prestigios de esa amante suprema. En las altas horas las sombrastejen torbellinos de alucinación en torno a mis pobres ojos, que se emborrachan de misterio. La Musa de la Noche adquiere corporeidad para mí y se apoya en mi brazo, en mis sonámbulas paseatas por la ciudad desierta, que tiene algo de cementerio, con sus balcones cerrados, como nichos inquietantes.